Enjoy the silence

Entradas clasificadas como ‘relatos y similar’

La haine

Agosto 13, 2009 · 1 comentario

odio Salvador Dalí-FD

Cada milímetro cúbico de mi sangre ha sido invadido por una sustancia tóxica que amenaza en acabar envenenándome por completo. Empezó como una extraña sensación de puntilleo en las manos, que pronto subió por los brazos, llegó al pecho, infló mis pulmones. Desde entonces es el aire que respiro, es la fuerza en la que bombea mi corazón y las pequeñas conexiones sinápticas que ocurren entre mis miles y miles de neuronas. Se ha convertido en los antígenos de mis células y en las hormonas que salen a borbotones espumosos de diversas glándulas de mi cuerpo. Ahora ya es hasta cada nutriente que ingiero y proceso. Me retroalimento de odio.

El odio quema. No sólo metafóricamente, sino literalmente. Noto el calor en la nuca, justo en el lugar donde de pequeños almacenamos la grasa parda que nos servirá de estufa natural. Ahí quema demasiado, debe estar muy cerca de la conciencia. Odio. Odi. Hate. Haine. Kirai. Da igual el idioma, suena igual de repugnante en todos los casos. Huele a azufre, sabe a metal, raspa como el asfalto y se ve como una figura deforme. Pústulas que revientan al mirarlas recubren su cuerpo mientras que las llagas al rojo vivo de ampollas anteriores se van poniendo cada vez más oscuras debido a la gangrena. Por los orificios faciales chorrea un líquido verdoso que no quieres saber qué es. Las extremidades tienen un aspecto grotesco, están hinchadas y la grasa y el pus de debajo de la piel las deforman tanto que parecen velas derretidas, grandes chorretones de cera a punto de descolgarse. Donde deberían estar los ojos sólo hay unos diminutos orificios, del tamaño de un céntimo, como si alguien hubiera quemado su cara con ácido y la piel de ambos parpados hubiera acabado fusionándose. Los lacrimales ya no le funcionan, pero sé que quiere llorar. La espantosa disposición de su boca me muestra una mueca que está entre el llanto y el grito de desesperación, algo parecida a la del famoso cuadro pero sin simetría y con una lengua mucho más grande de lo normal saliendo por su boca y casi alcanzando su vientre.

No puedo evitar crear seres antropomórficos a partir de los sentimientos al igual que tampoco puedo evitar ver cada canción de un color concreto. El cerebro nos juega malas pasadas. Por lo menos de esta manera puedo acercarme al horrible monstruo que he creado, muy despacio, para no asustarlo, y cuando lo tengo a dos centímetros de mi cara, golpearle con todas mis fuerzas hasta que todos sus apestosos fluidos hayan acabado por impregnarme completamente.

Categorías: relatos y similar

Nada

Julio 4, 2009 · 6 comentarios

Sé que la estás esperando, la actualización no llega. Esperas, vuelves a dar al link, pero no está. Nadie ha escrito un mensaje que subliminalmente se dirige a ti, ya sea un mensaje acusador, de culpa, arrepentimiento o apoyo. No hay nada.

Te preguntas por qué esta vez no hay nadie pensando en ti. Sientes tu pequeñez como una piedra pesada y te compadeces de ti. “No me dice nada”, piensas, “no me dice nada de nada. No le importo”. Y no es que no le importes, pero, sí, ella no te dirá nada excepto que no te va a decir nada.

Categorías: personal · relatos y similar

La idea

Junio 24, 2009 · 4 comentarios

606px-Bitis-gabonica-rhinoceros-1

Algo se está gestando. El atisbo de una idea. Asoma por su mente agazapada, como un león paciente esperando a su presa, pero no logra tener la suficiente consistencia como para materializarse en algo real. Se difumina igual que el humo del tabaco que la rodea. Intenta concentrarse en aquella idea, en qué es lo que está ocurriendo dentro de su cabeza. Sin embargo, cuanto más intenta pensar en ello, menos sabe de qué se trata. Sólo recuerda una cosa, una sensación. La idea, sea la que sea, le desconcierta y aterra a partes iguales. Se remueve incómoda en el asiento.

Hace unas semanas que apenas escribe, ha perdido el don, piensa. No es que antes escribiera majestuosamente bien, pero le gusta escribir y alguna vez ha conseguido cosas de las que está orgullosa. Y ya no es lo mismo. Sus escritos ahora no pasaban de dos párrafos. Las frases son cortas. Demasiado cortas. Como éstas. Ya no tiene sensibilidad ni ideas para escribir, ya no puede expresar sus sentimientos como antes. Sospecha que no es porque no sea capaz, es que no quiere. Tiene miedo de lo que puede salir si se pone a tirar del hilo de los pensamientos internos más oscuros. No lo quiere saber.

Intro. Intro. Nuevo párrafo. Lo ha logrado. Ha roto la maldición. Ahora se siente un poquito más animada. Pero la IDEA sigue ahí. Se la imagina como unos ojos que miran desde un rincón oscuro, unos ojos con forma reptiliana, dorados y que se ríen de ella. Le duele intensamente el lado derecho de la cabeza, y es allí donde nota clavados los ojos de la idea. No soporta más la situación, se dirige a su cama y se acuesta. La idea, la idea. Sabe que es horrorosa y eso que ni siquiera había podido ver su cara todavía porque se esconde en las tinieblas en las que su propia mente está atrapada.

Despierta. Es casi mediodía. Cierra los ojos un rato y piensa en aquella idea. Asoma un poco más que ayer, ahora consigue ver dos pequeños orificios nasales y una boca cerrada que tiene aspecto de una V vuelta del revés. Oye su constante silbido y se tapa los oídos en un intento desesperado de hacerla callar. La idea está enfadada. Decide ponerse en pie, enciende el ordenador y después de esperar los 4 minutos reglamentarios para que termine de cargarse, abre el documento Word que dejó a medias la noche anterior. Va a seguir escribiendo. Ha tenido una idea. Borra todas las referencias del texto hacia sí misma y decide hablar en tercera persona, contando su historia como si hablara de alguien que acaba de inventar. Así, cuando alguien lea lo que está pensando, cuando descubran la aterradora idea de su interior, pensarán que es sólo una historia. Pero ella sabe bien que no es ficción.

Pssss. Pssss. La idea la llama. Toca la puerta de entrada a su cerebro insistentemente, el lado derecho de su cabeza vuelve le vuelve a doler. Decide dejarla pasar, quiere hacerle unas preguntas y llegar al final del asunto que la inquieta. La ve de nuevo, agazapada en el mismo rincón, sacándole una lengua burlona. Una lengua bífida.

- ¿Quién eres? ¿Qué  quieres? – su corazón late rápido. Siente que le va a dar un ataque de pánico de un momento a otro y que le cuesta respirar.
La idea sólo ríe.
- Por favor… no lo soporto más. Ven, acércate, charlemos un rato.
No ocurre nada.
- Haré lo que tú quieras, pero, por favor, acércate. Ven. Quiero sentirte. Quiero saber cómo es tu tacto. Qué tipo de idea eres.
La idea, por fin, parece haber comprendido. Sale poco a poco de la penumbra. Sólo con verle la cabeza, sabe de qué se trata. Es una serpiente. La  idea se arrastra tranquilamente hasta que alcanza su pie. Ella la deja subir por su cuerpo, y la idea, o la serpiente, ya no sabe cómo denominarla, llega a su regazo. No es una serpiente normal, tiene la cabeza exageradamente grande y el cuerpo pequeño y rechoncho. No ha estudiado nunca zoología ni nada parecido, así que no sabe que en realidad se trata de una víbora.
- Dime, humana.
Traga saliva. ¿Y ahora qué le dice?
- ¿Có… cómo te llamas?
- Vosotros me soléis llamar Bitis gabonica – ríe la idea -, pero en realidad esta es sólo la forma que he adoptado. Mi nombre real es demasiado horroroso como para poder pronunciarlo.
- Y , dime, ¿qué eres? ¿Qué quieres?. Sin rodeos, por favor, quiero acabar de escribir esta historia.
- Sin rodeos- repite la idea-. Soy el fracaso. El sentimiento de culpa. Soy la depresión. Soy la única idea que va a ser sincera contigo. Te diré lo que no quieres saber. Por fin has conseguido una vida que debería gustarte, un buen trabajo, un novio simpático y muy guapo, unos amigos como no podrás encontrar en ningún otro sitio. Y sigues sin ser feliz. Piensas que ya lo tienes todo, todo lo que necesitas para encontrar la felicidad y, sin embargo, no eres feliz. Sólo te salvaría salir de este mundo.

Ella asiente levemente con la cabeza. Esa es la idea que tanto ha temido mirar directamente a la cara. Sabe que no le miente. Mientras ella va asumiendo, derrotada, todo lo que acaba de descubrir, la idea va abriendo poco a poco sus mandíbulas. Cuando parece que va a desencajársele la boca, en lugar de parar sigue abriéndola más y más hasta que se le puede ver el interior del estómago. Unos fluidos verdosos borbotean dentro. Sabe que es lo que va a ocurrir ahora porque ella misma es la que decide el final de la historia. Se acerca un poco el portátil y escribe desesperadamente:

La boca de la idea se ha convertido ahora en un agujero negro que succiona todo lo que hay en su habitación. Tiene que aguantar el portátil con fuera para poder terminar de escribir en él. La idea suelta un gruñido estridente y, de un solo bocado, la devora, impidiendo que consiga terminar el escrito. Ella quería un final feliz.

Categorías: relatos y similar

Naturaleza muerta

Junio 4, 2009 · 6 comentarios

Descenso a los infiernos
de sociedades en su ocaso,
larga e insufrible agonía
que todavía no acaba.
La muerte nos acecha
desde hace siglos, consiguiendo
que el miedo a ella cree
falsos mitos, religiones,
supervivencia en estado puro.
La angustia ya finaliza,
el ser humano da coletazos,
aguanta las últimas estocadas
con la cabeza baja, siempre la tuvo.
La dignidad por los suelos,
el honor de especie superior
que realmente no poseemos.
Esperamos el último golpe
Mientras yo me alegro:
por fin está ocurriendo,
la naturaleza se ríe de nosotros
y prepara la venganza.

Categorías: relatos y similar

Aborto

Mayo 21, 2009 · 3 comentarios

Esta vez parecía que se habían dado prisa. Sólo unas cuantas horas después de terminar el examen las notas ya estaban subidas en la red para goce y desgracia, según el esfuerzo y tiempo dedicado, de los alumnos. Yo me encontraba entre los segundos. Ni había estudiado ni pensaba que me había salido demasiado bien, simplemente no veía ninguna posibilidad.

Abrí el archivo pdf sin ninguna prisa y miré mi nota:
- He aprobado – dije con una voz carente de emociones.
Mi compañera me miró, me sonrió y me contesto:
- Te lo dije.

Y yo seguí a lo mío. No sentía en esos momentos ninguna emoción positiva por haber conseguido superar un examen que me parecía imposible. No estaba de humor. Hacía unos minutos había discutido con mi compañera, cosa que últimamente se estaba convirtiendo en el pan de cada día.

Hablábamos del aborto. Yo estaba a favor, ella en contra. Nada nuevo bajo el sol de España.
- Pero con mi opinión yo no estoy obligando a nadie que no quiera a que aborte, y en cambio, estando en contra, obligas a gente que sí quiere hacerlo a no poder. De hecho, yo nunca abortaría pero no me parece mal que haya personas que, por las circunstancias que sean, lo hagan. No es algo que se haga por gusto, las niñas no van a quedar para decir “Eh, tías, vamos este viernes a abortar”. Es traumático. Es el final de un problema que empieza mucho antes, en la educación sexual. Deberíamos plantearlo así y buscar una solución desde el principio. ¿Por qué las niñas abortan? Porque se quedan preñadas. ¿Por qué se quedan preñadas? Ese es el gran problema.
- Pues no estoy de acuerdo. Ahora hay mucha información y no tiene que ver con la educación, ya los educan para eso. Y en cuanto a estar a favor de eso, es como un asesinato, es como si ahora me dijeras que está bien volver con la esclavitud de negros.
- La diferencia es que los negros no querían ser esclavos. La persona que aborta no lo hace por obligación. Y digo yo que debe tener más derechos que un cúmulo de células totipotentes que todavía no han acabado de especializarse. Las niñas que se quedan embarazadas no pueden cargar con un crío toda su vida, un crío que va a estar repudiado, mal criado. Y si lo dan en adopción tendrán para siempre la lacra de haber parido y haber abandonado al niño.
Entonces vi que me giraba la cara y empezaba a no querer escucharme:
- Oye, ¿te has cabreado? – le pregunté.
- No me he cabreado, me has decepcionado. Si hubiera sabido esto hace 6 meses quizá tú y yo…
Decidí callarme y no liar más la cosa.

Después de unas horas, la abordé de nuevo, intentando comprenderla.
- ¿De verdad piensas que te he decepcionado?
- Sí.
- Tú ya sabías que opinaba así.
- No lo sabía – sabía que mentía, o quizá se le hubiera olvidado, pero de lo que yo podía estar segura es de que ya habíamos hablado del tema.
- ¿Qué hubiera pasado si lo hubieras sabido antes?
- Probablemente no estaría contigo.

Le solté la mano. Era increíble que me estuviera diciendo eso. Traté de hacer que entrara en razón, de decirle que la gente tiene opiniones diferentes y por no compartir una de ellas no pasan esas cosas. Que hay muchas opiniones suyas que yo no comparto (por ejemplo, esto mismo) pero que en ningún momento se lo voy a echar en cara o la voy a despreciar por eso. No me importa que esté en contra del aborto, es su opinión como las hay miles en este maldito país. Pero parece que por estar yo a favor sea poco menos que una asesina en potencia. No lo compartas, pero no me digas esas burradas que acabas de soltar.

Tócate las narices. Yo soy un monstruo por eso pero, en cambio, debo aceptar y reírme de sus chistes de mutilados, negros, enfermos o mujeres maltratadas y escucharla reír y decir “se lo merece, por gilipollas” mientras le cuento sorprendida que un hombre le ha dado una paliza que le ha dejado en coma a un profesor que intentaba defender a una mujer a la que estaba pegando. Repito, tócate las narices.

Decidimos dejar el tema. Queda en el aire y volverá a resurgir otro día, eso seguro. Más grande, más dañino. ¡Esa dichosa manía de dejar las cosas a medias!. Yo, por lo pronto, ya estoy dolida. No por lo que opina del tema, sino por lo que opina de mí.

Categorías: personal · reflexiones · relatos y similar

Pánico en el laboratorio

Febrero 25, 2009 · 2 comentarios

Todo comenzó con un inocente “¿nos cambiáis el sitio, si no os importa?”. Los dos ingenuos estudiantes, los cuales deben de ser las dos únicas personas en el mundo a los que les queda fatal una bata de científico, dato completamente innecesario por otra parte, aceptaron cándidamente sin saber lo que se les vendría encima. Si esto fuera una película de terror tendríamos ahora el primer susto, justo antes de los créditos, el que siempre resulta ser una broma o un sueño.

El asunto siguió con el derrame (¿accidental?) por parte del profesor de una leche que, por cierto, se podía masticar de lo asquerosa que estaba y, en consecuencia, de tener que repetir la práctica e ir retrasados respecto a su grupo. Allí comenzó la masacre. Unos jovenzuelos de los cuales no sé los nombres acapararon la bancada entera. “Todo lo que me den”, como decía Homer Simpson. El aparato para filtrar al vacío, las pipetas, los reactivos, el mechero Bunsen, la estufa… siempre que los corderitos desaliñados intentaban coger algo se daban cuenta que estaba siendo descaradamente acaparado por los demás.

Los marginados decidieron vengarse: esto ya no son unas prácticas, esto es una competición. Se miraron con decisión y sin decir una palabra supieron qué debían hacer. Pusieron la frente y los ojos lo más arrugados posible para mirar a sus compañeros y empezó la cuenta atrás. Tres, dos, uno… A ver quién roba más cosas al otro, quién sabotea más la práctica ajena, quién consigue esconder mejor los reactivos después de usarlos para que los compañeros, con los que no querrían compartir el pan precisamente, tardaran más en encontrarlos. “Profesor, ya hemos acabado”, “no, venga aquí, que llevamos esperando más rato”, “profesor, ¿nos podemos ir? Hemos terminado los primeros”. El ambiente se caldea. Y es sólo el segundo día de unas prácticas que durarán ocho, 32 horas en total de sabotaje absoluto y odio visceral por parte de 4 bandos diferentes. Alguien acabará con una lanceta en el ojo antes de que termine la primera semana.

Categorías: estudios · personal · relatos y similar

Los militares

Febrero 17, 2009 · Dejar un comentario

En esos días de fiebre que tuve la semana pasada llegué a dormir 24 horas seguidas. Y, por supuesto, soñé mucho. En uno de los sueños leía un relato corto que en los mundos oníricos tenía mucho sentido y me parecía perfecto pero al despertar lo escribí rápidamente para que no se me olvidara y cuando lo releí me di cuenta de que no lo entendía ni yo. Sin embargo, tiene algo que me hizo que lo guardara, es como una película de David Lynch: no la entiendes pero te gusta. Juzguen ustedes mismos e intenten adivinar de qué asignatura tuve prácticas esa semana. :P

—————–

Dos militares despiertan en medio de la nada. Uno de ellos se levanta y con tono calmado a pesar de no saber dónde se encuentra le dice a su compañero:
- ¿Estás bien? Levántate si puedes.
- No, no puedo. Ayúdame.

Tras varios intentos, el hombre que sí ha podido ponerse en pie concluye:
- ¿Cómo vas a poder levantarte si estás muerto?
El muerto entonces responde, con calma:
- ¿Cómo vas a poder levantarme tú a mí si tienes el cuerpo de una salamandra?
Y la cabeza del militar cae por la dificultad de aguantar tanto peso en un simple cuerpo de lagartija.

WikipediaWictionaryChambers (UK)Google imagesGoogle defineThe Free DictionaryJoin exampleWordNetGoogleUrban DictionaryAnswers.comrhymezone.comMerriam-Webster

Categorías: relatos y similar

Desesperación navideña

Enero 7, 2009 · 2 comentarios

Alberto se asomaba a la ventana peligrosamente, más de la mitad de su cuerpo colgaba en el vacío. “Me dejaré caer y me libraré de esto de una vez”.
Notaba el frío viento en la cara y el sonido de los coches que atravesaban la calle le perforaba los tímpanos. Su corazón, acelerado hasta casi estallar, le suplicaba que lo hiciera de una vez. Y los villancicos que escuchaba a lo lejos, sonando desde un balcón coronado de luces y con un Papa Noel algo torcido por el fuerte viento agarrado a él, parecían gritarle que esa era la única manera.
Casi no hizo falta coger impulso, el propio peso de su cuerpo lo precipitó al vacío nada más soltarse de la barandilla. Vivía en un entresuelo. Hizo el ridículo más grande que se recordaba en su pequeño pueblo pero consiguió librarse de la cena de Navidad con sus suegros sólo a cambio de una pierna escayolada durante 4 meses y una leve cojera de por vida.

Categorías: relatos y similar

Las esmeraldas sagradas

Noviembre 6, 2008 · 2 comentarios

Os voy a contar un cuento, intentad encontrar moraleja.

alberta-canada-lake-louise

Hace mucho tiempo, en un lugar que ya no existe, vivía una joven a la que llamaremos Ariadna. Como cualquier las personas que vivía en ese lugar, Ariadna llevaba gran parte de su vida buscando las famosas “esmeraldas sagradas”, unas piedras con aparentes poderes mágicos. Se decía que el ser humano que no poseyera una de esas piedras, nunca se sentiría completo ni sería feliz. Pero las esmeraldas eran escasas y muy difíciles de encontrar.

En la aldea de Ariadna prácticamente todos tenían ya una esmeralda, que lucían orgullosos colgada al cuello. Ariadna, en cambio, se pasaba el día paseando por el bosque intentando encontrar una de esas piedras pero nunca lo conseguía. Muchas veces creyó encontrar la famosa piedra, pero, cual espejismo, cuando se acercaba al lugar donde le pareció verla se veía rodeada de tierra y árboles, sin rastro de la esmeralda por ningún lado.

Un día de invierno Ariadna iba paseando por el bosque, bordeando el río mientras ojeaba en todas direcciones, como de costumbre. De repente, vio algo que relucía en el fondo del río, un centelleo dorado y cálido como el sol del mediodía.

- Allí está, la he encontrado- grito mientras se metía al agua. El frío empezó a penetrarle hasta los huesos y las rocas del río le rasgaron las ropas e incluso la piel. Pero a Ariadna le daba igual, sólo quería recoger aquella esmeralda y sentirse, por fin, feliz.

Cuando llegó a lugar donde se encontraba la roca casi no podía moverse pero en un último esfuerzo alargó la mano y alcanzó la esmeralda. La miró con dulzura y cuidadosamente le quitó el barro que había por encima. Y mientras hacía esto, el brillo de la roca comenzó a desaparecer hasta convertirse en un guijarro de río. Antes de que pudiera llegar a darse cuenta, Ariadna se desmayó.

La encontraron unas horas después dos amigos suyos que volvían de caza y la llevaron urgentemente al médico de la aldea, un hombre viejo y sabio que era temido y admirado por igual debido a sus amplios conocimientos en casi todas las materias. Ariadna estuvo varios días debatiéndose entre la vida y la muerte pero finalmente despertó. En anciano trató de regañarla por su comportamiento irresponsable y le preguntó qué le había pasado por la cabeza para meterse al agua con ese frío.

- Creí encontrar una esmeralda sagrada – le contestó llorando – pero era una simple piedra. Siempre son simples piedras, nunca podré encontrar una esmeralda para mí.

El anciano, tratando de tranquilizarla, le pasó la mano por la cabeza mientras le decía:
- No te preocupes, Ariadna, que la encontrarás.
- No, no la encontraré, llevo mucho tiempo buscándola y nunca…
- Lo harás – interrumpió el anciano -, sólo necesitas ser paciente. Cuando estés preparada, cuando menos te lo esperes, aparecerá ante tus narices una de esas esmeraldas.
- No te creo, sólo tratas de animarme.
Y sonriendo el viejo médico le hizo beber un poco de poción para que durmiera tranquila.

Unas semanas después Ariadna ya se había recuperado, pero seguía sintiéndose débil. Cada día que pasaba se sentía peor. Había dejado de buscar su esmeralda, como le había aconsejado el anciano, y lo único que había conseguido con eso es perder completamente la esperanza de encontrarla algún día.

Una tarde decidió ir al bosque a pasear y se adentró por un camino que nunca antes había visto. “Qué extraño”, pensó “juraría que es la primera vez que veo esta senda a pesar de haber pasado por aquí miles de veces”. Siguió el camino hasta que llegó a una gran pradera que rodeaba un lago con patos. Fascinada por el paisaje, pasó un rato hasta que se dio cuenta de que no estaba sola. Había una figura resplandeciente bañándose en el medio del lago. Ariadna se acercó lentamente y, sin saber por qué lo hacía, saludó con la mano.

La figura no respondió a su saludo pero comenzó a nadar hacia la orilla. Desprendía un brillo dorado que obligaba a Ariadna a bajar la cabeza constantemente para no mirar directamente a la figura.
- Hola, te estaba esperando. – rió la silueta.
- ¿A mí?
- Sí, a ti. ¿No sabes quién soy?
- No.
- ¿Llevas tanto tiempo buscando y ahora no me reconoces?
- No serás…
La figura sonrió.
- …la esmeralda? – terminó Ariadna.

La figura soltó entonces una carcajada.
- No, claro que no. Eso es lo que se esperaría de este cuento, ¿verdad? Hubiera quedado bonito y todo.
Ariadna se puso roja de vergüenza.
- ¿Y entonces?
- Sólo soy una metáfora, ¿de veras no te has dado cuenta? Todo lo que ves a tu alrededor es una simple metáfora.
- Bueno, todo esto estaba resultando muy extraño… creía que había encontrado por fin la esmeralda.
- Deja de buscar aquí – le espetó la silueta -, no es aquí donde la vas a encontrar. Pasas mucho tiempo buscándola en el sitio equivocado. En realidad, Ariadna, ya la has encontrado, pero no aquí. Despierta, Ariadna, vuelve al mundo real, te está esperando allí. Un último consejo: cuídala bien, sólo hay una para ti.

La figura realizó un movimiento brusco y todo se volvió oscuridad.

Ariadna abrió los ojos lentamente, acostada en su cama. Estaba amaneciendo.

WikipediaWictionaryChambers (UK)Google imagesGoogle defineThe Free DictionaryJoin exampleWordNetGoogleUrban DictionaryAnswers.comrhymezone.comMerriam-Webster

Categorías: personal · reflexiones · relatos y similar
Etiquetado: ,

El sueño más raro del mundo

Junio 24, 2008 · 4 comentarios

No sé si lo he dicho ya por aquí, pero una de las cosas que más me gustan es dormir, sobre todo porque siempre recuerdo todos los sueños. Normalmente los sueños no tienen sentido, coherencia o continuidad pero mientras estás durmiendo para ti todo es lógico. Hasta que te despiertas, claro, y piensas: ¿pero qué comí yo anoche para soñar esto? Bueno, a lo que iba. Creo que esta noche me he superado en cuando a incoherencia en un sueño y mira que es difícil.

Me dirigía al instituto (no me acordaba de que ya voy a la universidad, ni de que ya han terminado las clases) y cuando me doy cuenta estaba en mi antiguo colegio, un lugar que no he pisado desde que salí de él pero con el que sueño muy amenudo. Yo pensé, “Pero sí tengo que ir al instituto, ¿por qué estoy aquí?” Y empecé a darle vueltas al colegio porque pensaba que si lo hacía aparecería en el instituto (lógicamente). Los niños estaban jugando en el patio y yo estaba muerta de vergüenza porque se notaba que no era alumna del colegio.

Entonces comenzó a llover sin previo aviso. Cayó una tormenta de las que hacía tiempo que no veía  e intente resguardarme en algún sitio. Los niños que jugaban fuera corrieron a resguardarse en sus clases entrando por las ventanas. Yo miré alrededor y decidí encaminarme a uno de los aseos del patio. Lo niños estaban asomados a las ventanas, mirándome y gritando cosas que no entendía. Justo cuando iba a alcanzar la puerta del aseo, algo pasó por mi derecha como un relámpago y se metió en el aseo mientras los niños gritaban de terror. Acababa de pasar por mi lado un pterodáctilo (¿¿¿???).

Los niños estaban atemorizados, “la madrastra, la madrastra”, gritaban. Y cada vez que yo intentaba acercarme a la puerta del aseo, el pterodáctilo se asomaba y me miraba con cara amenazante. Me acerqué a una de las ventanas para preguntarle a los niños quién era la madrastra (ya había dejado de llover, por cierto), pero lo único que hacían era seguir gritando aquello mientras señalaban la puerta.

Decidí hacer frente al pterodáctilo que aterraba a aquellos niños y me dirigí a la puerta del aseo. “Se va a enterar, a mí no me va asustar más”, me dije. Abrí la puerta del baño y antes de poder hacer nada, algo me empujó fuera y me tiró al suelo. Me quedé aturdida unos segundos y cuando levanté la cabeza apareció delante de mí John Locke (el personaje de Lost, no el filósofo) con un arco en las manos y una flecha en la boca. Me miró con la cara de “this is your destiny” que tanto le gusta poner y me cogió del brazo mientras me llevaba a algún lugar. Aparecimos de repente en una sala de color rojo sin aparentemente ninguna ventana o puerta y Locke me mostró dos cachorros de Bull Terrier y me dijo: “tienes que coger a la hembra y entrenarla hasta que crezca, es tú destino y blah, blah… (un rollo de ese estilo)”. Se quedó mirándome esperando a que fuera yo la que distinguiera los perros. Los cogí, les di la vuelta y… ninguno de los dos tenía nada “ahí” como para distinguir el sexo del perro.

Locke suspiró, como si pensara “está es tonta y yo me he equivocado” y me señaló la barriga de los perros. Una era azul y la otra rosa (xDD) y yo cogí el perro de la barriga rosa. Entonces le dije: “Oye, pero estos perros ¿no son una raza peligrosa?”. “Efectivamente, por eso los he elegido. Tienes que entrenar a la perra para que sea una asesina”. A mí me pareció que tenía mucho sentido lo que decía y no protesté.

Después de varios minutos mirándonos misteriosa y maléficamente, me harté y di una vuelta por la habitación. Me di cuenta de que había una caja de cartón con algo que se movía dentro. Me asomé y vi un conejo blanco con unos dientes afilados y los ojos inyectados en sangre. Fui a acariciarlo y saltó, intentando morderme. “Este conejo está un poco loco”, pensé. Me quedé mirándolo un rato y me fijé en que tenía el lateral completamente abierto y que se le podía ver hasta el corazón. “Pero, ¿qué es esto? ¿Lo has hecho tú?”. Locke me miraba y se reía. Entonces, lo que antes habían sido paredes desnudas se llenó de jaulas con perros, gatos y otros animales que sangraban por cada poro de su piel y gritaban. “Estás loco, tio, estas completamente loco” (a buenas horas me daba cuenta).

Me levanté e intenté huir. Y ahí acaba el sueño porque en ese momento mi gato ha decidido que sería divertido pasear por encima de su dueña y me he despertado.

PD: A ver quién me cuenta uno que supere este.
PD2: No, no tomo drogas.

Categorías: personal · relatos y similar
Etiquetado: , ,