Enjoy the silence

Entradas clasificadas como ‘reflexiones’

Quiero tener una afición

Agosto 25, 2009 · 3 comentarios

Llevo mucho tiempo pensándolo: quien no tiene un hobby, no tiene nada. Aficiones hay miles para elegir, desde colecionar cosas (armas, abanicos, cromos, figuritas de coches, peluches, o infinitas cosas de una temática concreta…) a coser, tejer, tunear vehículos, practicar escalada o buceo, beber vino, escribir, tocar instrumentos, jugar al rol o aprender mucho de algún tema (dinosaurios, el antiguo Egipto, aviones, tecnología…).

Yo veo que la gente tiene siempre algún hobby al que dedica parte de su tiempo y que, sobre todo, les mantiene vivos e ilusionados. Y yo, en cambio, no consigo aficionarme a nada que no sea engancharme a una serie. Me gustaría tener una afición por la que dar mi vida, no al estilo enfermizo de un otaku japonés (que por otra parte, aclaro: otaku se usa precisamente para denominar a una persona que está volcada al 100% por su afición, sin que sea necesariamente el manga) pero sí que me entretenga y me anime cada día a seguir con ella. Que la gente me pueda decir: “Hey, mañana hacen un reportaje de X, ¿a ti no te gustaba eso?” o “Vi en mi viaje a Y esto y me acordé de ti irremediablemente y te lo compré”.

Lo he intentado varias veces, aunque nunca le pongo mucho empeño porque, como lo hago por obligación, no me motiva y no me acabo por aficionar. ¿Qué hago? ¿Me compro un libro de dinosaurios y me paso el día hablándole a la gente que me aguante de saurisquios o terópodos? ¿Empiezo una de esas carísimas colecciones que aparecen en septiembre todos los años sobre relojes de bolsillo, dedales de colección o casas de muñecas rústicas? ¿Me apunto un grupo de astronomía (que no astrología) para observar las estrellas los días de luna llena? Sé que no es algo a lo que debería obligarme, pero… ché, quiero tener una afición. Y mirar cada día las audiencias de una televisión que ya ni siquiera veo y saberme los shares de todos los canales y programas no lo considero una afición, no.

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Adiós a Tuenti y Facebook

Agosto 5, 2009 · 5 comentarios

Ayer decidí borrar mis cuentras de Tuenti y Facebook. A pesar de que pudíera parecerles a algunos un ataque de rabia momentáneo, no es así. Lo llevaba meditando desde hace mucho tiempo ya. Las razones principales son la falta de intimidad y el gran egocentrismo que reina por estos lugares. Antes las fotos más íntimas o graciosas se las pasabas indiviualmente a tus amigos para reíros un rato, ahora se ha convertido en una competición de a ver quién sube más fotos borracho o dándose picos con sus amigas. Hemos convertido nuestras vidas en reality-shows, dejando que unas cámaras, por ahora de fotos pero quién sabe qué pasará dentro de unos años, nos capturen durante todos los momentos de nuestra vida y que los demás puedan husmear en ella.

Por supuesto, esos momentos suelen ser los momentos en los que te lo pasas bien, con los colegas, de juerga, en la playa… Nadie se hace fotos en la soledad de su habitación después de haber estado llorando todo el día por lo triste que siente su existencia o yendo a comprar la comida que acabarás cocinando mientras sudas a chorretones y maldices tener que comer. La vida virtual se ha convertido en una competición de quién tiene más fotos subidas, quién tiene más amigos, quién tiene más comentarios… Yo tengo amigos y comentarios de gente que me ve por la calle y apenas me hace un gesto con la cabeza, mientras que en tuenti me dejaba comentarios tales como: “tiaaaa cuanto tiempooo, q s de tu vida? tenemos q qdar un dia destos q siempre as sido una d mis mejores amigas y quero retomar la amistad bueno nos vemos jajaja chauu”. Y yo flipaba.

La intimidad ya no existe. Dejó de existir hace ya mucho tiempo, cuando los teléfonos móviles fueron asequibles para gran parte de la población y podías ser localizado por quien fuera a todas horas. A mí me sigue pareciendo una tremenda falta de educación estar charlando con alguien y que te deje la palabra en la boca para responder a una llamada de su amiga Pepita, con la que se queda media hora hablando sabiendo que tú sólo escuchas la mitad de la conversación. ¿Dónde ha quedado eso de “ahora no puedo hablar, luego te llamo”? Con las redes sociales pasa tres cuartos de los mismo. Tus “amigos” pueden, cuando les da la gana, entrar en tu intimidad, cotillear tus fotos y comentarios,  y decirte de quedar a tal hora en tal sitio con un evento. Me parece mucho más personal que vayan a buscarte a tu casa, por sorpresa y te toquen al telefonillo y te digan “¿bajas?”. Había veces con que se encontraban con la desagradable sorpresa de que no estabas en casa y les tocaba volver solos a la suya mientras pensaban “si hubiera ido hace una hora como tenía pensado seguro que estaría en casa, jo”. Ahora debes dejar tus otros planes porque con una semana de antelación de medio-obligan a aceptar un evento y, si tienes otros planes o no te apetece ir, te echan en cara que tenías una semana para decirlo.

Por último, nunca llegas a saber qué pueden hacer con la información e imágenes de dejas en la red al alcance de todos. Los casos de cyber-bulling de multiplican; de hecho, aquí, en mi pequeño pueblo, se dio uno de los primeros, que acabó siendo un escándalo en las noticias cuando yo todavía iba al instituto. Además, por mucho que borres, la información queda allí. Me explico: acabo de entrar en facebook para comprobar que me habían borrado la cuenta y me han enviado un correo diciéndome “su cuenta ha sido reactivada”. Es decir, por mucho que la borre, sólo con meter mi correo y contraseña de nuevo, la cuenta se reactiva. ¿Qué nos indica eso? Que no nos borran de su base de datos, que simplemente nos guardan en un cajón esperando a que volvamos, sin eliminar todo lo que nosotros les hemos pedido que borren.

La intimidad, he dicho, ya no existe.

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Escribiendo poesía

Julio 6, 2009 · 10 comentarios

Decidí no escribir más poesía después de, pasada la euforia del momento, releer lo que había escrito. Era infantil y nada medido a partes iguales. Casi tan ridículo como aquel poema con el que quedé finalista en un estúpido concurso del cole con 11 años en el que hablaba de la primavera rimándola con flores, colores y olores. Lo peor es que esta vez iba en serio, o eso suponía yo. Hablaba de amor, claro, y de tragedias que acababan en suicidio u otros actos sangrientos. No tengo término medio.

Por supuesto, la rima brillaba por su ausencia la mayoría de las veces y la medida de los versos… ¿qué carajo es eso? Pero quedaba tan, qué sé yo, bohemio y romántico. Y ahí están todos, tímidamente esperando en una carpeta de mi ordenador, deseando que alguien los lea. En realidad todos han sido leídos por la única persona que pensé que no me engañaría al juzgarme y siempre pensaba que me engañaba. Escribir poesía siempre me ha parecido una chorrada, léase chorrada como sencillo. Era muy fácil escribir algo y que quedara bien en verso.

De hecho, ahora mismo,
puedo hacer como si realmente
estuviera escribiendo poesía.
Sólo dándole al intro de vez en cuando
e intentando que esta tontería
escrita en diez segundos
tenga algo de ritmo.
Ahora, sin duda, sólo falta
un final desgarrador, cortante
que nos deje sin aliento
y nos obligue a bajar la cabeza
para hacer una reverencia.

Y ya está. Sustiyes las palabras de arriba por “amanecer”, “labios”, “piel” o “luna” y tienes un poema bien digno. Ahhh, amigos, el secreto del poeta ha sido revelado.

En realidad, descubrí que no es tan fácil. Que los míos gustaban porque quién los leía me apreciaba lo suficiente como para no ser objetiva. Que hay que tener algo para escribir poesía, algo que no puedo explicar. Afortunadamente para el mundo, dejé mi prematura carrera de poeta antes de que ninguno de los poemas pudiera ver la luz. A veces es mejor asumir que algo no se nos da bien ni se nos va a dar nunca. No podemos ser perfectos.

Categorías: personal · reflexiones

Enfermedad

Junio 23, 2009 · 4 comentarios

Leo el titular y me quedo un poco en shock. Muere Daniel el Kum, jurado de “Supermodelo”, tras saltar al vacío de su casa en llamas. Dejemos al margen  que, sí, sé quién es porque seguí (lo admito con la cabeza bien baja, que conste) la primera edición de Supermodelo el año en el que era una fanática de Cuatro.

Me leo la noticia entera. Al parecer, Daniel tenía algún tipo de problema mental. Desde que se mudó a ese edifício había salido gritando dos veces que había fuego en su casa, tenía comportamientos extraños y sus vecinos estaban muy molestos con él. No se descarta que fuera él mismo el que provocara el incendio que le llevó a refugiarse en el balcón de su casa para acabar saltando en un momento de desesperación con su perro en brazos justo cuando los bomberos iban al fin a alcanzarlo con la escalera auxiliar.

Después, hago un repaso por los comentarios que han dejado los usuarios de la web sobre la noticia y me sorprendo, quizá más que con la noticia en sí. Muchos dejan más o menos evidente que no les importa su muerte, o que se la merecía, por estar “loco”. Incluso hay algunos que sólo piensan en el pobre y mal parado perro.

Ya sé que no es comparable sólo por el hecho de que es posible que haya sido él mismo el que ha provocado el incendio debido a su estado mental, poniendo su vida y la de los demás en peligro, pero si en la noticia no hubieran especificado que podía opadecer un transtorno mental, no hubiera tenido que leer esos comentarios, casi jocosos, carentes de cualquier tipo de sensibilidad. Claro, como el tipo estaba loco no importa, aunque sea una enfermedad igual que cualquier otra.

Y con esto, no podemos evitar desviarnos del tema y pensar que, al igual que hay defectos buenos y malos, también ocurre lo mismo con las enfermedades. Tener cancer, leucemia, algún problema de movilidad, Parkinson, Alzheimer, diabetes… siempre despertará en nosotros un sentimiento de pena que no ocurre con otras enfermedades. “Pobrecillo, no se lo merece”, “nos puede pasar a todos”.

Pero padecer una esquizofrenia, una demencia, SIDA o cualquier otra enfermedad mental o de transmisión sexual… eso es agua de otro costal. Esos chalados y promiscuos merecen todo lo malo que les ocurre. Esa es la mentalidad que impera todavía en España y, por desgracia, en casi todo el mundo. No nos damos cuenta que una enfermedad mental sigue siendo al fin y al cabo una enfermedad, y por mucho miedo que nos dé el loco de la esquina que no para de hablar sólo, hay que respetarlo como ser humano y como enfermo y no pensar que es así porque quiere.

Vemos a las enfermedades mentales como enfermedades repulsivas y no sólo por el miedo que nos puede provocar que a un “loco” se le crucen los cables y nos haga daño, cosa que no puede pasar con una enfermedad física. Un enfermo mental es inferior, un desecho humano y, aunque con el tratamiento adecuado pueden tener una vida completamente normal, siguen sintiéndose avergonzados y no son capaces de confesar su enfermedad más que a los amigos más íntimos por temor a ser rechazados..

Imagina que estás en un parque y se sienta en un banco, a tu lado, una señora con pañuelo en la cabeza que te dice “es que tengo cáncer”. Imagina ahora que esa misma señora, en lugar de decirte eso se toma unas pastillas y te dice “soy esquizofrénica”. ¿Qué pensarías y cómo reaccionarías en ambas situaciones? Estoy segura de que casi ninguno de nosotros sería justo.

Categorías: reflexiones · televisión

Sentimientos encontrados

Junio 1, 2009 · Dejar un comentario

bipolar

Estos últimos días han sido muy extraños anímicamente hablando. Es como un microcosmos de bipolaridad en el que en un mismo día puedo cambiar de un estado a otro independientemente de cómo se esté desarrollando mi entorno exterior. En una semana he pasado por normalidad, aburrimiento total, desesperanza, ganas de dejarlo todo, felicidad total, decepción con la gente, esperanza en la humanidad, vuelta a la decepción, angustia exagerada e irracional, malestar general del cuerpo, diversión infinita, llanto imposible de evitar… Y así hasta un sinfín de estados que se harían muy largos de relatar.

No entiendo por qué unas sencillas palabras pueden acabar tambaleando mi mundo hasta el punto de acabar teniendo el sentimiento contrario al que hacía un segundo tenía. Por qué, por ejemplo, siempre que escucho ese adjetivo que indica poco tamaño se me pone una sonrisa en la cara y olvido todos los malos momentos que he podido tener durante el día. Por desgracia, las personas y las palabras que pueden animarme son nimias si las comparamos con aquellas que acaban por hundirme.

Sinceramente, no sé cómo terminar esta entrada así que haré dos versiones: para pesimistas y para optimistas. Si no haces trampas, deberías sólo leer laque te corresponte.

Optimistas: Sin embargo, es ese caracter efímero de la felicidad lo que la hace tan valiosa. Las palabras que consiguen hacerme sentir afortunada de estar viva son pocas, pero me hacen olvidar por completo los malos momentos. Merece la pena soportar un día horrible para disfrutar de unos minutos de bienestar total sintiendo que realmente lo mereces. Porque todos necesitamos sentirnos queridos, útiles, importantes o, simplemente, vivos de vez en cuando. En eso consiste en realidad la felicidad, en llenar el gran vacío que todos tenemos dentro de nosotros con las piezas que encajen correctamente en él.

Pesimistas: Sin embargo, es ese caracter efímero de la felicidad lo que la convierte en un arma de doble filo. Pretendemos pasar nuestra vida intentando buscarla y nos esforzamos tanto que cuando la encontramos nos sabe a poco. ¿Para eso tanto esfuerzo, tanto sacrificio? ¿Realmente merece la pena? Dudo que cualquiera de vosotros fuera capaz de pasarse un mes trabajando para sólo cobrar un día. Quizá sea mejor no tener esperanzas para que así nadie te las pueda destruir.

¿La opción que yo elijo? Os lo he dicho: ahora mismo una, dentro de unos minutos la contraria.

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Estación

Mayo 25, 2009 · 1 comentario

Un anciano vestido con un elegante traje color gris entra por la puerta principal y rebusca en la basura. Encuentra un trozo de pan, lo resquebraja para quitarle, supongo, la parte que ha empezado a enmohecer y se guarda el resto en el bolsillo de la chaqueta. Da unos pasos, mira hacia los lados y, al comprobar que nadie le está mirando (se equivoca, hay una chica sentada en un banco de metal que observa todos sus movimientos mientras escribe en una libreta), saca el pedazo de pan del bolsillo y lo va desmigajando mientras se lo echa a la boca. Da media vuelta y sale por donde ha venido.

*****

Un hombre de color de unos veintitantos años se encuentra frente a la puerta principal de la estación, como todos los días. Y, como siempre, está andando de arriba abajo dando pequeños saltos, moviendo brazos y hombros al tiempo que balbucea palabras ininteligibles. La gente se aparta a su paso. Yo me aparto también. Un señor con camiseta playera y bermudas entra por la puerta y se cruza con el hombre de color. Después de dudar y dar varías vueltas se dirige hacia él, le pone una mano en el hombro y con la otra le da una cantidad de dinero que no logro determinar a esta distancia. El Señor Carbón se detiene en seco y se rasca la cabeza haciendo de su gesto una perfecta caricatura de la sorpresa. Mira al hombre que se aleja quieto, como nunca antes lo había visto.

*****

10 de la noche. Otro hombre de color, llamémosle Pi porque ya no encuentro eufemismos políticamente correctos para “negro”, está de pie, delante de la puerta del pequeño cajero de la CAM de la estación. Parece que Pi está esperando para que la persona que hay dentro termine sus transacciones pero cuando el hombre sale, Pi se cuela dentro y bloquea la puerta para que no se cierre. Sale rápidamente y lo veo volver con un par de cartones bajo el brazo. Se hace una cama con mucho esmero y se echa a dormir. Mañana será otro día para Pi.

*****

Un hombre con largas barbas y vestido con una camiseta rosa habla consigo mismo y ríe a carcajadas cuando cuente a la gente que pasa lo que para él son chistes graciosísimos pero para el resto sólo son locuras. Un policía se acerca y le invita amablemente a marcharse. El hombre sigue hablando mientras se aleja.

*****

Varias personas, todos hombres, se me acercan durante diferentes días para pedirme dinero. Sé que algunos lo necesitan de verdad y otros son simples gorrillas que se aprovechan de la generosidad de la gente. Pero, ¿cómo distinguirlos? Algunos reciben dinero de mi parte, otros no; aunque me avergüenzo de ello siempre tengo en cuenta el discriminatorio método del físico. Sé que a veces he acertado pero muchas otras se han burlado en mi cara, por no hablar de las personas a las que he negado mi ayuda cuando realmente necesitaban el dinero. Decido no dejarme engañar más después de darle 20 céntimos a un hombre joven, casi un chaval, al que veo salir por la puerta principal y subir a un coche cuando unos segundos antes necesitaba “urgentemente 20 céntimos que me faltan para el autobús”.

*****

Todas estas situaciones, reales y vividas en primera persona, se repiten a diario en la estación de autobuses de Alicante. Ahora cada vez que subo a uno de los apestosos e incómodos vehículos de allí pienso en lo afortunada que soy.

Categorías: reflexiones

This is the life

Mayo 23, 2009 · 1 comentario

rumours-nightclub

Todos nos hemos encontrado en algún momento pensando en la que es quizá la primera gran pregunta que se hizo el ser humano: cuál es el sentido de la vida, cuál es la razón de nuestra existencia. No podemos evitarlo ni huir de ello, todo tipo de personas con más o menos cultura teorizan aunque sea hacia sus adentros sobre ellos.

Sales una noche y ves a jóvenes medio borrachos haciendo cosas de las que te avergüenzas hasta tú y que sabes que desearán no recordar dentro de 12 horas. Bailes, alcohol, chistes malos, juegos estúpidos, vómitos, drogas blandas, risas, besos, náuseas… Te vuelves a repetir que no perteneces a esto y que nunca conseguirás entenderlo. Y te preguntas si esos personajes vestidos de putilla barata o de chulazo se habrán planteado alguna vez en lo extraordinaria, para bien o para mal, lo única, lo limitada, lo vacía, que es su existencia. Pero entonces les miras a los ojos y de das cuenta que detrás de ese débil y ebrio brillo de sus pupilas se encuentra una necesidad de no tener que pensar en esas preguntas. Porque les aterra la respuesta o no saben cómo dar con ella.

El que se hace preguntas es, pues, el plasta. No está permitido pensar a partir del viernes por la tarde, ya ha terminado la semana universitaria. Sin embargo, con un poco de observación puedes ver que están asustados, desde la chica que ha pasado horas teorizando sobre la mejor manera de enseñar el canalillo y como fingir sentirse ofendida si se lo miran hasta el chico que dentro de 10 años acabará con lumbalgia debido a la postura que tiene que adoptar por el peso de las cadenas de oro que intentan ahorcarlo. Están asustados porque se han dado cuenta de que su fútil existencia se acabará pronto y que nada cambiará en el mundo cuando ellos se vayan: no son NADA. Así que deciden que la mejor manera de darle un sentido a su vida es no pensar en ella: cabeza vacía, corazón contento.

Siempre había creído que este tipo de gente que parece que tenga serrín en la cabeza era así porque nunca se habían parado a reflexionar sobre nada ni les había interesado aprender, pero ahora me he dado cuenta de que son los más inteligentes de todos. Han conseguido el método definitivo para ser felices, lo han puesto en práctica ¡y les funciona! No pensar, ese es el truco, diga lo que diga nuestro amigo Punset.

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Aborto

Mayo 21, 2009 · 3 comentarios

Esta vez parecía que se habían dado prisa. Sólo unas cuantas horas después de terminar el examen las notas ya estaban subidas en la red para goce y desgracia, según el esfuerzo y tiempo dedicado, de los alumnos. Yo me encontraba entre los segundos. Ni había estudiado ni pensaba que me había salido demasiado bien, simplemente no veía ninguna posibilidad.

Abrí el archivo pdf sin ninguna prisa y miré mi nota:
- He aprobado – dije con una voz carente de emociones.
Mi compañera me miró, me sonrió y me contesto:
- Te lo dije.

Y yo seguí a lo mío. No sentía en esos momentos ninguna emoción positiva por haber conseguido superar un examen que me parecía imposible. No estaba de humor. Hacía unos minutos había discutido con mi compañera, cosa que últimamente se estaba convirtiendo en el pan de cada día.

Hablábamos del aborto. Yo estaba a favor, ella en contra. Nada nuevo bajo el sol de España.
- Pero con mi opinión yo no estoy obligando a nadie que no quiera a que aborte, y en cambio, estando en contra, obligas a gente que sí quiere hacerlo a no poder. De hecho, yo nunca abortaría pero no me parece mal que haya personas que, por las circunstancias que sean, lo hagan. No es algo que se haga por gusto, las niñas no van a quedar para decir “Eh, tías, vamos este viernes a abortar”. Es traumático. Es el final de un problema que empieza mucho antes, en la educación sexual. Deberíamos plantearlo así y buscar una solución desde el principio. ¿Por qué las niñas abortan? Porque se quedan preñadas. ¿Por qué se quedan preñadas? Ese es el gran problema.
- Pues no estoy de acuerdo. Ahora hay mucha información y no tiene que ver con la educación, ya los educan para eso. Y en cuanto a estar a favor de eso, es como un asesinato, es como si ahora me dijeras que está bien volver con la esclavitud de negros.
- La diferencia es que los negros no querían ser esclavos. La persona que aborta no lo hace por obligación. Y digo yo que debe tener más derechos que un cúmulo de células totipotentes que todavía no han acabado de especializarse. Las niñas que se quedan embarazadas no pueden cargar con un crío toda su vida, un crío que va a estar repudiado, mal criado. Y si lo dan en adopción tendrán para siempre la lacra de haber parido y haber abandonado al niño.
Entonces vi que me giraba la cara y empezaba a no querer escucharme:
- Oye, ¿te has cabreado? – le pregunté.
- No me he cabreado, me has decepcionado. Si hubiera sabido esto hace 6 meses quizá tú y yo…
Decidí callarme y no liar más la cosa.

Después de unas horas, la abordé de nuevo, intentando comprenderla.
- ¿De verdad piensas que te he decepcionado?
- Sí.
- Tú ya sabías que opinaba así.
- No lo sabía – sabía que mentía, o quizá se le hubiera olvidado, pero de lo que yo podía estar segura es de que ya habíamos hablado del tema.
- ¿Qué hubiera pasado si lo hubieras sabido antes?
- Probablemente no estaría contigo.

Le solté la mano. Era increíble que me estuviera diciendo eso. Traté de hacer que entrara en razón, de decirle que la gente tiene opiniones diferentes y por no compartir una de ellas no pasan esas cosas. Que hay muchas opiniones suyas que yo no comparto (por ejemplo, esto mismo) pero que en ningún momento se lo voy a echar en cara o la voy a despreciar por eso. No me importa que esté en contra del aborto, es su opinión como las hay miles en este maldito país. Pero parece que por estar yo a favor sea poco menos que una asesina en potencia. No lo compartas, pero no me digas esas burradas que acabas de soltar.

Tócate las narices. Yo soy un monstruo por eso pero, en cambio, debo aceptar y reírme de sus chistes de mutilados, negros, enfermos o mujeres maltratadas y escucharla reír y decir “se lo merece, por gilipollas” mientras le cuento sorprendida que un hombre le ha dado una paliza que le ha dejado en coma a un profesor que intentaba defender a una mujer a la que estaba pegando. Repito, tócate las narices.

Decidimos dejar el tema. Queda en el aire y volverá a resurgir otro día, eso seguro. Más grande, más dañino. ¡Esa dichosa manía de dejar las cosas a medias!. Yo, por lo pronto, ya estoy dolida. No por lo que opina del tema, sino por lo que opina de mí.

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Escritura automática

Febrero 6, 2009 · 2 comentarios

Sin trances ni médiums de por medio, he realizado un pequeño ejercicio de escritura automática que se contradice a sí mismo y que acaba por no tener apenas sentido pero que me ha servido para poder leer en palabras lo que siento y no sabía explicar(me). Por cierto, prometo intentar que pronto el blog vuelva a su temática de siempre, es decir, a ningún tema en particular pero evitando el egocentrismo semi-depresivo autobiográfico de las últimas entradas.

——-

Por suerte, por desgracia, el tiempo nos acaba poniendo a todos en nuestros sitio. Yo, como siempre, estática en el mío. El resto a saber qué hará. No me importa. Seguramente si no existieras esto habría sido una recaída de esas importantes, con todos los actos horribles supuestamente ya superados que ello implica. Pero, fíjate en mí, aquí estoy, hundida en un fango que apenas me deja respirar y del que es difícil librarse sin terminar manchando también a los demás pero intentando renacer. Odiando a todo y a todos pero con una nueva esperanza, como si lo hubiera comprendido todo al fin.

Cargar el peso del mundo sobre mis espaldas era absurdo: mis vértebras acaban hechas polvo, yo termino agotada y el mundo sigue sin poder salvarse. El mundo… se sostiene por él mismo, aunque mal.Puede sonar demasiado pretencioso pero allá ellos los que no me aprecien. No puedo obligarles a quererme si primero no me quiero yo. No les necesito, en realidad, nunca los he necesitado. Mi vida era mi soledad y pretender cambiar eso es de locos. Quizá es que las personas actuamos un poco al contrario que la energía: somos creados y destruidos, pero no cambiamos.

El problema debe ser mío. Como el chiste del borracho que va conduciendo por la autopista y grita: eh! vais todos en dirección contraria. En mi caso al querer actuar siempre bien y buscar el buen camino no me he dado cuenta de lo lejos que estoy de la senda que pretendía seguir. Hasta que llego a la maraña de bosques, me pierdo y comienzo a recapitular. Sólo sé que estoy perdida pero no en qué punto lo hice ni qué dirección tomar para encontrar de nuevo el camino. ¿Me quedo aquí y espero que alguien me encuentre? ¿Escojo una dirección al azar? Y si me encuentran, ¿quién me asegura que no están tan perdidos como yo?

En mi propia habitación me siento lejos de mi hogar. Como decían en aquella canción, ¿por qué el camino es tan confuso cuando sabemos que estamos cerca de casa? Y sentirte que no perteneces a ningún sitio es una de las peores sensaciones que podemos percibir. Siempre, esté con quien esté, siento que molesto. Me echo a un lado y evito hacer el menor ruido: si no saben que estoy aquí nadie se sentirá mal. Miento. La que se siente mal soy yo. Piensa un poco en ti de vez en cuando. Que les den, que les den a todos, deja de sacrificar tu felicidad por personas que sabes que no lo merecen. Lo peor de todo es que lo sabes, que te das cuenta de que es una tontería querer apreciarles y ayudarles cuando no están dando ni un duro por ti.

Búscate tu propio hogar lejos de esos perros de presa, deja que se destrocen entre ellos, no te rindas. Es fácil darle esos consejos cuando te los pide otra persona, pero ¿por qué no te los das a ti misma? Ahora estás haciéndolo pero no te harás caso. Ponte un disco de los Beatles, enchúfate un par de capítulos de Lost, escríbele un poema, haz lo que sea pero deja de darle vueltas a la cabeza, que te conozco. No vas a llegar a ningún sitio y el positivismo que podías tener al principio acabará por desaparecer.

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Hablando con la pared

Enero 31, 2009 · 5 comentarios

Le digo:

- Ayer estuve hablando por messenger sobre que los nicks de éste son proporcionales al estado de ánimo de la persona, porque me dijeron que mi nick iba a desaparecer o a volverse negativo de lo corto que se estaba quedando. Cuanto más cortos, peor se encuentra la gente, le dije. Mi interlocutora me contestó, con mucha ironía, que hay casos en los que esto no se cumple ya que hay personas que cada vez que se les queda el móvil sin saldo o manchan su camiseta favorita, escriben en sus nicks largas canciones deprimentes en inglés.

Sonriendo y sacando el pecho con orgullo, me responde:

- ¡Yo hago eso! Eso de los nicks de canciones en inglés. Ahora tengo la de…
- ¿Acaso has entendido algo de lo que te he dicho?

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