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Entradas clasificadas como ‘libros’

El gen egoísta (I)

Junio 5, 2009 · 6 comentarios

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Nunca había hecho esto antes: ponerme a comentar un libro cuando apenas llevo algo más de 50 páginas y sólo 3 capítulos pero “El gen egoísta: Las bases biológicas de nuestra conducta” de Richard Dawkins me tiene enganchada. Y no enganchada en el sentido tradicional, cuando te lees el libro en unas horas; en realidad tres días para leer tres capítulos es muy poco. Estoy enganchada porque no puedo dejar de pensar en él y en las afirmaciones que por ahora he encontrado y leo poco a poco precisamente por eso (y porque tengo pocos huecos también). Ayer mi padre me llevaba a la universidad en coche, cosas de la crisis, y me vio con el libro abierto y mirando hacia delante. “Qué, ¿ya te has vuelto a quedar empaná?”. “No papá, estoy pensando en lo que pone en este libro”, le contesté.
La lectura, como he dicho, se está haciendo tremendamente lenta, pero porque voy subrayando, doblando páginas y haciendo comentarios al margen en casi cada una de las hojas. Algunos comentarios son de crítica, ya que me parece un poco infantil la manera de explicar el funcionamiento del DNA y su replicación y recombinación para formar gametos, pero las metáforas en realidad son muy útiles para aquel que se adentra por primera vez en este campo.

El libro nos habla básicamente (y por ahora) del campo sobre el que actúa la selección natural. Tradicionalmente se ha pensado que eran poblaciones más aptas las que se seleccionaban, mientras que Dawkins opina que lo que se seleccionan son los genes y que todo lo demás, nosotros mismo como cuerpo y mente “somos máquinas de supervivencia, autómatas programados a ciegas con el fin de perpetuar la existencia de los egoístas genes que albergamos en nuestras células“. De primeras sólo se puede pensar que el hombre se ha vuelto loco, pero a medida que te adentras en el libro tienes que darle la razón. Esto, tristemente, nos deja a los humanos a la altura del betún. Somos robots sometidos a la voluntad de nuestros genes y, aunque sí, podemos esquivar la influencia que ejercen sobre nosotros como un esclavo se puede revelar a su amo (sin consecuentas tan nefastas para nosotros, claro), la influencia está ahí. Por eso a veces me parece que este libro tiene buena parte de contenido filosófico.

También el que lea este libro tiene que tener claro que cuando dice cosas como por ejemplo “los replicadores intentaron mejorar la maquinaria en la que vivían para que la selección natural actuara a favor de ellos” (no es una cita literal, no tengo el libro a mano), no hay que olvidar que en la biología, como en casi toda la ciencia, no existe el finalismo. Lo que ocurre no tiene una finalidad concreta. No existe un “¿para qué?” ocurre eso, sino un “¿cómo y por qué?”. Los replicadores, los genes, no mejoran las condiciones para que ocurra algo, para evolucionar y ser mejores que los otros, sino que lo hacen porque así son más estables, sobreviven porque tienen mayores posibilidades de hacerlo que otros. En realidad, ni ellos ni la selección natural, por mucho que la citen como algo consciente (“la selección natural selecciona a los más aptos“, cita generalizada en una conversación informal), no tienen voluntad, no deciden. La selección natural es un hecho, no un ser omnipotente que elige lo que vale y lo que no, como a veces imaginamos por la manera en la que se habla de ella (y la manera en la que se nombra, Selección Natural, en mayúsculas, como si se hablara de Dios.)

Poco más puedo comentar ya si no tengo una idea global del libro, y eso sólo ocurrirá cuando me lo termine. Espero que siga en su línea de ir sorprendiéndome y no acabe por tragarme mis palabras.
El comentario completo del libro se hará, supongo, en el blog de críticas y reseñas que llevamos S. Dedalus y yo.

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Camino de perfección

Enero 6, 2009 · 4 comentarios

Solía hace años doblar las páginas de los libros cuando había alguna parte que por la razón que fuera me había llamado la atención. Ahora me parece un crimen estropear los libros de esa manera así que directamente copio las partes de me interesan en un documento Word. Y como al fin he conseguido reconocerme a mí misma, no sin un poco de decepción, que reseñar libros no es lo mío (sobre todo este tipo de libros), trataré de, por lo menos, reproducir aquí las partes que he copiado de los libros que vaya leyendo.

Comienzo por el primer libro del año, Camino de perfección de Pío Baroja, un libro en el que aparentemente no ocurre nada y que empecé varias veces para dejarlo a medias, más por tema de falta de tiempo que otra cosa. Tuve que llegar a la página 100 y aceptar que el libro iba a ser así todo el rato para poder empezar a disfrutarlo. Entonces decidí volver a comenzarlo y me di cuenta de lo que realmente trataba, y es cuando me empezó a gustar. En esta página tenéis una buena reseña, por si os interesa.

He aquí algunos de los fragmentos que copié. Es curioso porque al cabo de los años, cuando vuelvo a releer las “páginas dobladas”, muchas veces éstas ya no me dicen nada y me intriga intentar descifrar qué es lo que vi para que me llamara la atención (no obligatoriamente tiene que gustarme, sólo llamarme la atención por algún motivo).

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Trece

A un lado, medio oculta por los arrayanes, se veía la tumba de granito de un obispo de Segovia muerto en el cenobium, y enterrado allí por ser ésta su voluntad.
¡Qué hermoso poema el del cadáver del obispo en aquel campo tranquilo! Estaría allá abajo con su mitra y sus ornamentos y su báculo, arrullado por el murmullo de la fuente. Primero, cuando lo enterraran, empezaría a pudrirse poco a poco: hoy se le nublaría un ojo, y empezarían a nadar los gusanos por los jugos vítreos; luego, el cerebro se le iría reblandeciendo, los humores correrían de una parte del cuerpo a otra y los gases harían reventar en llagas la piel: y en aquellas carnes podridas y desechas correrían las larvas alegremente…
Un día comenzaría a filtrarse la lluvia y a llevar con ella sustancia orgánica, y al pasar por la tierra aquella sustancia se limpiaría, se purificaría, nacerían junto a la tumba hierbas verdes, frescas y el pus de las úlceras brillaría en las blancas corolas de las flores.
Otro día esas hierbas frescas, esas corolas blancas darían su sustancia al aire y se evaporaría ésta para depositarse en una nube.
¡Qué hermoso poema el del cadáver del obispo en el campo tranquilo! ¡Qué alegría de los átomos al romper la forma que les aprisionaba, al fundirse con júbilo en la nebulosa del infinito, en la senda del misterio donde todo se pierde

Veinticinco

La religión producía en él el mismo efecto que la música: le hacía llorar, le emocionaba con lo altares espléndidamente iluminados, con los rumores del órgano, con el silencio lleno de misterio, con los borbotones de humo perfumado que sale de los incensarios.
Pero que no le explicaran, que no le dijeran que todo aquello se hacía para no ir al infierno y no quemarse en lagos de azufre líquido y calderas de pez derretida; que no le hablasen, que no le razonasen, porque la palabra es el enemigo del sentimiento; que no trataran de imbuirle un dogma; que no le dijeran que todo aquello era para sentarse en el paraíso de Dios, porque él, en su fuero interno, se reía de los lagos de azufre y de las calderas de pez, tanto como de los sillones del paraíso.
La única palabra posible era amar. ¿Amar qué? Amar lo desconocido, lo misterioso, lo arcano, sin definirlo, sin explicarlo. Balbucear como un niño las palabras inconscientes. Por eso la gran mística Santa Teresa había dicho: «El infierno es el lugar donde no se ama».

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Cuarenta y tres

–Es orgullo lo que le hace pensar de ese modo– dijo el escolapio.
–En mí, que no afirmo nada, porque creo que no puedo llegar a conocer nada, es orgullo –replicó Osorio con voz irritada–, y usted, que afirma todo, que ha ordenado el mundo, que, según parece, su Dios lo dejó en desorden, es humildad.
El escolapio no contesto; después volviendo a la carga, dijo:
–¿De modo que usted cree que la materia existe también en Dios?
–¿Creer? Creer me parecería demasiado. Hay una creencia, que es afirmación: hay otra que es suposición. Supongo, creo, pero no afirmo, que Dios es la razón de todo, la causa de todo.
–Entonces es usted panteísta.
–No me importa el mote. Yo, como le decía antes, supongo o creo que hay en todas las cosas, en esa hierba, en ese pájaro, en ese monte, en el cielo, algo invariable, inmutable, que no se puede cambiar, que no se puede aniquilar… No… En lo íntimo creo que todo es fijo e inmutable. Y esto que es fijo, llámesele sustancia, espíritu, materia, cualquier cosa, X, que a nuestros ojos, por lo menos a los mío, es infinita; yo supongo, a veces, cuando estoy de buen humor, que se reconoce a sí mismo y que tiene conciencia de que es…
–Se explica usted bien –dijo el escolapio sarcásticamente–. Tiene usted ideas muy peregrinas.
–No me choca que le parezcan peregrinas y absurdas, ni me preocupa esa opinión. Yo lo veo así. Si hay un Alma Suprema de las cosas, ésa debe ser la razón de todo.
–¿Hasta del mal?
–Hasta del mal, sí. El mal es la sombra. La sombra es la necesidad de la luz.
–Nada, nada: dice unas cosas verdaderamente enormes… Y oiga usted, con esas teorías suyas, ¿qué fin le asigna usted al hombre?
–¿Fin?… Yo creo que nada tiene fin; ni lo que se llama materia, ni lo que se llama espiritu. He pensado a mi modo en esto, y con relación a la naturaleza, fin y principio me parecen palabras vacías. El principio de una transformación es al mismo tiempo fin de una, estado intermedio de otra y el fin es a su vez, principio y estado intermedio.
–¿Y la muerte?
–La muerte no existe, es el manantial de la vida, es como el mal, una sombra, una noche preñada de una aurora.
–Bueno, concretemos –dijo el escolapio con sonrisa satisfecha-. De modo que ese Dios que usted supone, ¿no tiene influencia sobre los hombres?
– ¿Influencia? Toda… o ninguna. Como le parezca a usted mejor.
–Bien. ¿No premia ni castiga?
–No sé. Supongo que no. Además, ¿para qué iba a castigar ni a premiar a la gente de un pobre planeta como el nuestro, regido por leyes inmutables? Ni las fechorías de los hombres son tan terribles, ni sus bondades son tan inmensas para que merezcan un castigo o un premio, y mucho menos un castigo o un premio eternos.
–¡Vaya si lo merecen! Cuando el hombre abusa de la libertad que Dios le ha dado y con el don de Dios se opone a los designios de su Creador, ¿no merece una pena eterna?
–¡Bah! ¡Abusar de la libertad que Dios le ha dado! Una libertad dada por Dios, creada por Dios, que tiene su corazón también en Dios, que Dios al otorgarla sabe su calidad y conoce con su omnisciencia el uso que ha de hacer el hombre con ella, ¿qué libertad es ésa?
–No; Dios no conoce el uso que el hombre ha de hacer de su libertad; para eso le pone en el mundo, a prueba.
–¿Pero el no sabe y prevé el provenir del hombre? Sí. Entonces él sabe ya de antemano lo que el hombre va a hacer de su voluntad, ¿a qué le prueba?
–No, no lo sabe.
–En ese caso no es omnisciente.
–Sí. Figúrese usted un hombre subido a una torre que ve que dos hombres van a pelearse. Los ve, y, sin embargo, no puede evitarlo.
–Porque es hombre. Si fuera Dios, sería omnipotente y su voluntad sería bastante para evitar el encuentro.
–¿Entonces usted niega el libre albedrío?
–¿Y qué?
–Con usted no se puede discutir; niega usted la evidencia.
–No discutamos.
El cura miró a Fernando de reojo, y repuso:
–Se va usted de la cuestión; no tratábamos del libre albedrío.
–No, yo por mi parte no trataba de nada.
–Usted cree –añadió el escolapio- que las acciones del hombre no merecen una pena o un premio, eternos e irrevocables; ¿no es eso?
–Eso es.
–Sin embargo, lo irrevocable debe de castigarse o premiarse de un modo irrevocable, ¿no es verdad?
–Sí, me parece que sí.
–Pues bien; hay acciones en el hombre que son definitivas, irrevocables. Un criminal que pegase fuego al Museo de Pinturas de Madrid, ¿no cometería una acción irrevocable? ¿Podrían volverse a rehacer lo cuadros quemados?
–No.
–Pues esa acción sería irrevocable.
–Físicamente sí –respondió Osorio.
–De todas maneras.
–No. Físicamente, objetivamente, todo es irrevocable. La piedra que ha caído, ha caído irrevocablemente, no podrá nunca haber dejado de caer; el hombre que ha cometido una mala acción, por pequeña que sea, no podrá nunca haber dejado de cometerla. En el mundo físico todo es irrevocable; en el mundo moral, al contrario, todo es revocable.
–No se puede discutir con usted.

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Cincuenta y cuatro

Ya perdonado, le pareció muy raro que yo quisiera retirarme a un monte como un ermitaño, y cuando le explicaba mis dudas, mis vacilaciones, mis proyectos místicos, se reía a carcajadas.
A mí mismo la cosa no me parecía seria; pero cuando le hablé de mis noches tan tristes, de mi alma torturada por angustias y terrores extraños, de mi vida con el corazón vacío y cerebro lleno de locuras…
–¡Pobret! –me dijo, con una mezcla de ironía y de maternidad; y no sé por qué entonces me sentí y tuve que bajar la cabeza para que no me viese llorar. Entonces ella, agarrándome de la barba, hizo que levantara la cara, sentí el gusto salado de las lágrimas en la boca, y, mirándome a los ojos, murmuró:
–Pero qué tonto eres.
Yo besé su mano varias veces con verdadera humildad, hasta que vi que Blanca y la amiga nos miraban en el colmo del asombro.
Dolores estaba azorada y comenzó a hablar y a hablar, tratando de disimular su turbación. Yo la escuchaba como en un sueño.

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Mortadelo, Filemón y otros tebeos del montón

Septiembre 2, 2008 · 6 comentarios

Hoy era día de limpieza. Y creédme, limpiar mi cuarto no es nada fácil, sobre todo el rincón en el que se acumulan los objetos inservibles pero que no queremos tirar. En mi casa lo llamamos el rincón tenebroso y con ese nombre ya os podéis hacer una idea de lo desordenado que está.

Pues bien, hurgando en un baúl de ese mismo rincón he encontrado mi vieja colección de cómics (o tebeos, como los llaman los más mayores) de Mortadelo y Filemón. Desde que con 5 ó 6 años mi padre nos regaló por primera vez uno de esos cómics a mi hermana y a mí, he podido contar hoy un total de 77 (en realidad eran más pero los presté a gente que no me los ha devuelto y estos son los que me quedan ¬¬).

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A la izquierda, “El profeta Jeremías“, el primer tebeo de mi hermana. A la derecha, “Pitorreo a domicilio“, el mío. Aunque no son de mis favoritos les tengo especial cariño por razones evidentes. Nos los tuvo que leer mi padre porque mi hermana apenas sabía leer en esa época, pero molaba mucho más porque ponía voces a cada personaje y efectos especiales xD

Los cómics del montón de la derecha más gruesos son tomos de “Super Humor“, colecciones de tapa dura de Mortadelo y Filemón que reunían 5 tebeos y que siempre me regalaban por Reyes aunque años más tarde fueron sustituidos por tomos de “Los Simpson”.


Todos mis Mortadelos escampaditos por el suelo, qué monos. No recuerdo cuándo dejé de comprarlos, pero creo que llegué a tener alguno con el precio en euros.


Mortadelos y tebeos varios

Algunos de los tebeos no-Mortadelo-y-Filemón que he leído a lo largo de mi vida. Faltan muchos, no sé lo que pasó con ellos pero tenía una gran colección de “Super Mortadelo“, del que recuerdo las historieras de Anacleto, agente secreto; Zipi y Zape; Sporty o el agente O’jal. También me faltan todos los tebeos de “Super Guay“, con historias de Pulgarcito, Tete Cohete, Robin Robot, El profesor Tragacanto, etc.

Lo que me queda es un mix de comics entre los que destacan “Los Simpsons”,”Super López”, “Rompetechos”, “Pepe Gotera y Otilio” (mis favoritos a parte de MyF), historias varias de Vázquez, “El pequeño Spirou”, “El garaje hermético” y hasta un comic de “los Pitufos”. Ahh, y aunque no salgan en la foto, también tengo por ahí guardados (me da pereza sacarlos ahora para fotografiarlos) las mini-revistas de “El pequeño País” entre los años 1994 y 1999 cuando todavía no era la basura que es ahora. Cuántos recuerdos!

Figurita de Mortadelo toreando la portada.

Toreando al jefe

Por cierto, aunque a alguien le pueda parecer curioso, no tengo ningún cómic de Tintín o de Astérix, nunca me gustaron.

Y vosotros, ¿qué leíais de pequeños?

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El juego del ángel, a la sobra de “La sombra…”

Junio 12, 2008 · 16 comentarios

Título: El juego del ángel
Autor: Carlos Ruiz Zafón.
Argumento: En la turbulenta Barcelona de los años 20 un joven escritor obsesionado con un amor imposible recibe la oferta de un misterioso editor para escribir un libro como no ha existido nunca, a cambio de una fortuna y, tal vez, mucho más.

Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.

Atención, spoilers de “El juego del Ángel” de Carlos Ruiz Zafón. No sigas leyendo si no quieres que te destripe el libro.

Acabo de terminar hace escasos minutos el último libro del conocido Carlos Ruiz Zafón, “El juego del ángel” y he hecho una rápida búsqueda en google para confirmar lo que yo pensaba: no está a la altura. Quizá por las expectativas que marcaron su primer best-seller, quizá porque la historia peca de repetitiva, me ha dejado un regustillo amargo en la boca.

Aunque reconozcámolso: la historia engancha. Empiezas a leer y desde las primeras páginas te atrapa y sientes la familiaridad de su escritura. Pero eso es una (sino la única) de las pocas cosas buenas que puedo destacar. El ritmo es muy irregular, utiliza más de 600 páginas para contar una historia que si no se hubiera enrollado en describir detalladamente cada amanecer, paisaje o casa que se cruzaba por las narices del protagonista o los quehaceres cotidianos de relleno habría ocupado la mitad.

La historia pierde fuerza hacia la mitad, aunque afortunadamente al final remonta un poco. Algunos personajes son poco creíbles o directamente les coges manía. No soporto ni a la insulsa Cristina, ni al patrón Corelli y sus diálogos que pretenden ser profundos y misteriosos, ni a Grandes con sus dos brutotes. Ni siquiera a Isabella, que en un primer momento me gustó como personaje pero acabó haciéndose insoportable. Y cómo no, odié durante toda la historia a David Martín, el protagonista, que se cree que por ser escritor tiene que pasarse el día siendo pedante al hablar y usar ironías a todas horas. Por momentos deseé que se tirara desde su “magnífica habitación en lo alto de la casa de la torre desde la que se veía el inmenso sol despuntar al alba por todos los rincones de Barcelona y bla, bla, bla”. A favor diré que el señor Sempere e hijo me encantan, sobre todo el primero, y que Vidal no se queda muy atrás.

El argumento está calcado de “La sombra…”, pero con más toques de misterio sobrenatural: un inteligente  joven que encuentra un libro en el viejo “Cementerio de los Libros Olvidados” que marcará su destino y tratará de averiguar más cosas del autor, aunque nada es lo que parece. Pero aquí, como he dicho, ha abusado de elementos sobrenaturales jugando con la dualidad de que puede tratarse de la propia locura del protagonista. Por ejemplo, la última vez que Martín visita la comisaria y Grandes le dice que el broche del ángel lo ha llevado siempre puesto me veía un final a lo “El club de la lucha” (en general, todas las escenas en la comisaría, cuando Grandes le confiesa a Martín que todo lo que le ha contado éste no lo ha podido comprobar apuntan a eso), y aunque no ha sido así, algo ha insinuado. Y digo insinuado porque por lo menos a mí no me ha quedado claro nada (supongo que será la intención del autor) y ni siquiera he acabado de entender si Jaco e Irene estafaron a Marlasca, o éste a ellos, ni qué hacían todos esos muñecos entre los que que incluía uno con forma del protagonista en la casa rentada por Corelli durante la última visita de Martín, ni si el loco era Marlasca, o Martín, o es que estaban todos chalados. En fin, mucho cabo suelto y final mal cerrado en una historia que bien llevada podría incluso haber superado a “La sombra…”

Otro punto a destacar es el exceso de muertes (grotescas todas, como no) en el libro, así a bote pronto se me ocurren el padre de Martín, la mujer de Marlasca, los 2 editores de Martín, Cristina, Vidal, Sempere padre, Grandes y sus dos “esbirros” que no recuerdo ahora cómo se llaman, Irene… y creo que me dejo alguna. Vamos, que no queda vivo ni el apuntador.

Así que, si tuviera que recomendar la lectura del libro diría que si “La sombra…” te gustó mucho y no te importa leer una historia parecida aunque con altibajos lo leas, al resto: es completamente prescindible. Una verdadera pena, mira que me gustan a mí las vueltas de tuerca, los misterios sin resolver y los finales extraños (soy fan de Lost, con eso lo digo todo), pero en esta ocasión creo que no ha estado bien llevado y tenía la sensación de haber leído anteriormente el libro. Eso sí, Zafón se estará forrando con su pequeña chapuza, el tío.

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