Solía hace años doblar las páginas de los libros cuando había alguna parte que por la razón que fuera me había llamado la atención. Ahora me parece un crimen estropear los libros de esa manera así que directamente copio las partes de me interesan en un documento Word. Y como al fin he conseguido reconocerme a mí misma, no sin un poco de decepción, que reseñar libros no es lo mío (sobre todo este tipo de libros), trataré de, por lo menos, reproducir aquí las partes que he copiado de los libros que vaya leyendo.
Comienzo por el primer libro del año, Camino de perfección de Pío Baroja, un libro en el que aparentemente no ocurre nada y que empecé varias veces para dejarlo a medias, más por tema de falta de tiempo que otra cosa. Tuve que llegar a la página 100 y aceptar que el libro iba a ser así todo el rato para poder empezar a disfrutarlo. Entonces decidí volver a comenzarlo y me di cuenta de lo que realmente trataba, y es cuando me empezó a gustar. En esta página tenéis una buena reseña, por si os interesa.
He aquí algunos de los fragmentos que copié. Es curioso porque al cabo de los años, cuando vuelvo a releer las “páginas dobladas”, muchas veces éstas ya no me dicen nada y me intriga intentar descifrar qué es lo que vi para que me llamara la atención (no obligatoriamente tiene que gustarme, sólo llamarme la atención por algún motivo).

Trece
A un lado, medio oculta por los arrayanes, se veía la tumba de granito de un obispo de Segovia muerto en el cenobium, y enterrado allí por ser ésta su voluntad.
¡Qué hermoso poema el del cadáver del obispo en aquel campo tranquilo! Estaría allá abajo con su mitra y sus ornamentos y su báculo, arrullado por el murmullo de la fuente. Primero, cuando lo enterraran, empezaría a pudrirse poco a poco: hoy se le nublaría un ojo, y empezarían a nadar los gusanos por los jugos vítreos; luego, el cerebro se le iría reblandeciendo, los humores correrían de una parte del cuerpo a otra y los gases harían reventar en llagas la piel: y en aquellas carnes podridas y desechas correrían las larvas alegremente…
Un día comenzaría a filtrarse la lluvia y a llevar con ella sustancia orgánica, y al pasar por la tierra aquella sustancia se limpiaría, se purificaría, nacerían junto a la tumba hierbas verdes, frescas y el pus de las úlceras brillaría en las blancas corolas de las flores.
Otro día esas hierbas frescas, esas corolas blancas darían su sustancia al aire y se evaporaría ésta para depositarse en una nube.
¡Qué hermoso poema el del cadáver del obispo en el campo tranquilo! ¡Qué alegría de los átomos al romper la forma que les aprisionaba, al fundirse con júbilo en la nebulosa del infinito, en la senda del misterio donde todo se pierde
Veinticinco
La religión producía en él el mismo efecto que la música: le hacía llorar, le emocionaba con lo altares espléndidamente iluminados, con los rumores del órgano, con el silencio lleno de misterio, con los borbotones de humo perfumado que sale de los incensarios.
Pero que no le explicaran, que no le dijeran que todo aquello se hacía para no ir al infierno y no quemarse en lagos de azufre líquido y calderas de pez derretida; que no le hablasen, que no le razonasen, porque la palabra es el enemigo del sentimiento; que no trataran de imbuirle un dogma; que no le dijeran que todo aquello era para sentarse en el paraíso de Dios, porque él, en su fuero interno, se reía de los lagos de azufre y de las calderas de pez, tanto como de los sillones del paraíso.
La única palabra posible era amar. ¿Amar qué? Amar lo desconocido, lo misterioso, lo arcano, sin definirlo, sin explicarlo. Balbucear como un niño las palabras inconscientes. Por eso la gran mística Santa Teresa había dicho: «El infierno es el lugar donde no se ama».

Cuarenta y tres
–Es orgullo lo que le hace pensar de ese modo– dijo el escolapio.
–En mí, que no afirmo nada, porque creo que no puedo llegar a conocer nada, es orgullo –replicó Osorio con voz irritada–, y usted, que afirma todo, que ha ordenado el mundo, que, según parece, su Dios lo dejó en desorden, es humildad.
El escolapio no contesto; después volviendo a la carga, dijo:
–¿De modo que usted cree que la materia existe también en Dios?
–¿Creer? Creer me parecería demasiado. Hay una creencia, que es afirmación: hay otra que es suposición. Supongo, creo, pero no afirmo, que Dios es la razón de todo, la causa de todo.
–Entonces es usted panteísta.
–No me importa el mote. Yo, como le decía antes, supongo o creo que hay en todas las cosas, en esa hierba, en ese pájaro, en ese monte, en el cielo, algo invariable, inmutable, que no se puede cambiar, que no se puede aniquilar… No… En lo íntimo creo que todo es fijo e inmutable. Y esto que es fijo, llámesele sustancia, espíritu, materia, cualquier cosa, X, que a nuestros ojos, por lo menos a los mío, es infinita; yo supongo, a veces, cuando estoy de buen humor, que se reconoce a sí mismo y que tiene conciencia de que es…
–Se explica usted bien –dijo el escolapio sarcásticamente–. Tiene usted ideas muy peregrinas.
–No me choca que le parezcan peregrinas y absurdas, ni me preocupa esa opinión. Yo lo veo así. Si hay un Alma Suprema de las cosas, ésa debe ser la razón de todo.
–¿Hasta del mal?
–Hasta del mal, sí. El mal es la sombra. La sombra es la necesidad de la luz.
–Nada, nada: dice unas cosas verdaderamente enormes… Y oiga usted, con esas teorías suyas, ¿qué fin le asigna usted al hombre?
–¿Fin?… Yo creo que nada tiene fin; ni lo que se llama materia, ni lo que se llama espiritu. He pensado a mi modo en esto, y con relación a la naturaleza, fin y principio me parecen palabras vacías. El principio de una transformación es al mismo tiempo fin de una, estado intermedio de otra y el fin es a su vez, principio y estado intermedio.
–¿Y la muerte?
–La muerte no existe, es el manantial de la vida, es como el mal, una sombra, una noche preñada de una aurora.
–Bueno, concretemos –dijo el escolapio con sonrisa satisfecha-. De modo que ese Dios que usted supone, ¿no tiene influencia sobre los hombres?
– ¿Influencia? Toda… o ninguna. Como le parezca a usted mejor.
–Bien. ¿No premia ni castiga?
–No sé. Supongo que no. Además, ¿para qué iba a castigar ni a premiar a la gente de un pobre planeta como el nuestro, regido por leyes inmutables? Ni las fechorías de los hombres son tan terribles, ni sus bondades son tan inmensas para que merezcan un castigo o un premio, y mucho menos un castigo o un premio eternos.
–¡Vaya si lo merecen! Cuando el hombre abusa de la libertad que Dios le ha dado y con el don de Dios se opone a los designios de su Creador, ¿no merece una pena eterna?
–¡Bah! ¡Abusar de la libertad que Dios le ha dado! Una libertad dada por Dios, creada por Dios, que tiene su corazón también en Dios, que Dios al otorgarla sabe su calidad y conoce con su omnisciencia el uso que ha de hacer el hombre con ella, ¿qué libertad es ésa?
–No; Dios no conoce el uso que el hombre ha de hacer de su libertad; para eso le pone en el mundo, a prueba.
–¿Pero el no sabe y prevé el provenir del hombre? Sí. Entonces él sabe ya de antemano lo que el hombre va a hacer de su voluntad, ¿a qué le prueba?
–No, no lo sabe.
–En ese caso no es omnisciente.
–Sí. Figúrese usted un hombre subido a una torre que ve que dos hombres van a pelearse. Los ve, y, sin embargo, no puede evitarlo.
–Porque es hombre. Si fuera Dios, sería omnipotente y su voluntad sería bastante para evitar el encuentro.
–¿Entonces usted niega el libre albedrío?
–¿Y qué?
–Con usted no se puede discutir; niega usted la evidencia.
–No discutamos.
El cura miró a Fernando de reojo, y repuso:
–Se va usted de la cuestión; no tratábamos del libre albedrío.
–No, yo por mi parte no trataba de nada.
–Usted cree –añadió el escolapio- que las acciones del hombre no merecen una pena o un premio, eternos e irrevocables; ¿no es eso?
–Eso es.
–Sin embargo, lo irrevocable debe de castigarse o premiarse de un modo irrevocable, ¿no es verdad?
–Sí, me parece que sí.
–Pues bien; hay acciones en el hombre que son definitivas, irrevocables. Un criminal que pegase fuego al Museo de Pinturas de Madrid, ¿no cometería una acción irrevocable? ¿Podrían volverse a rehacer lo cuadros quemados?
–No.
–Pues esa acción sería irrevocable.
–Físicamente sí –respondió Osorio.
–De todas maneras.
–No. Físicamente, objetivamente, todo es irrevocable. La piedra que ha caído, ha caído irrevocablemente, no podrá nunca haber dejado de caer; el hombre que ha cometido una mala acción, por pequeña que sea, no podrá nunca haber dejado de cometerla. En el mundo físico todo es irrevocable; en el mundo moral, al contrario, todo es revocable.
–No se puede discutir con usted.

Cincuenta y cuatro
Ya perdonado, le pareció muy raro que yo quisiera retirarme a un monte como un ermitaño, y cuando le explicaba mis dudas, mis vacilaciones, mis proyectos místicos, se reía a carcajadas.
A mí mismo la cosa no me parecía seria; pero cuando le hablé de mis noches tan tristes, de mi alma torturada por angustias y terrores extraños, de mi vida con el corazón vacío y cerebro lleno de locuras…
–¡Pobret! –me dijo, con una mezcla de ironía y de maternidad; y no sé por qué entonces me sentí y tuve que bajar la cabeza para que no me viese llorar. Entonces ella, agarrándome de la barba, hizo que levantara la cara, sentí el gusto salado de las lágrimas en la boca, y, mirándome a los ojos, murmuró:
–Pero qué tonto eres.
Yo besé su mano varias veces con verdadera humildad, hasta que vi que Blanca y la amiga nos miraban en el colmo del asombro.
Dolores estaba azorada y comenzó a hablar y a hablar, tratando de disimular su turbación. Yo la escuchaba como en un sueño.