Algo se está gestando. El atisbo de una idea. Asoma por su mente agazapada, como un león paciente esperando a su presa, pero no logra tener la suficiente consistencia como para materializarse en algo real. Se difumina igual que el humo del tabaco que la rodea. Intenta concentrarse en aquella idea, en qué es lo que está ocurriendo dentro de su cabeza. Sin embargo, cuanto más intenta pensar en ello, menos sabe de qué se trata. Sólo recuerda una cosa, una sensación. La idea, sea la que sea, le desconcierta y aterra a partes iguales. Se remueve incómoda en el asiento.
Hace unas semanas que apenas escribe, ha perdido el don, piensa. No es que antes escribiera majestuosamente bien, pero le gusta escribir y alguna vez ha conseguido cosas de las que está orgullosa. Y ya no es lo mismo. Sus escritos ahora no pasaban de dos párrafos. Las frases son cortas. Demasiado cortas. Como éstas. Ya no tiene sensibilidad ni ideas para escribir, ya no puede expresar sus sentimientos como antes. Sospecha que no es porque no sea capaz, es que no quiere. Tiene miedo de lo que puede salir si se pone a tirar del hilo de los pensamientos internos más oscuros. No lo quiere saber.
Intro. Intro. Nuevo párrafo. Lo ha logrado. Ha roto la maldición. Ahora se siente un poquito más animada. Pero la IDEA sigue ahí. Se la imagina como unos ojos que miran desde un rincón oscuro, unos ojos con forma reptiliana, dorados y que se ríen de ella. Le duele intensamente el lado derecho de la cabeza, y es allí donde nota clavados los ojos de la idea. No soporta más la situación, se dirige a su cama y se acuesta. La idea, la idea. Sabe que es horrorosa y eso que ni siquiera había podido ver su cara todavía porque se esconde en las tinieblas en las que su propia mente está atrapada.
Despierta. Es casi mediodía. Cierra los ojos un rato y piensa en aquella idea. Asoma un poco más que ayer, ahora consigue ver dos pequeños orificios nasales y una boca cerrada que tiene aspecto de una V vuelta del revés. Oye su constante silbido y se tapa los oídos en un intento desesperado de hacerla callar. La idea está enfadada. Decide ponerse en pie, enciende el ordenador y después de esperar los 4 minutos reglamentarios para que termine de cargarse, abre el documento Word que dejó a medias la noche anterior. Va a seguir escribiendo. Ha tenido una idea. Borra todas las referencias del texto hacia sí misma y decide hablar en tercera persona, contando su historia como si hablara de alguien que acaba de inventar. Así, cuando alguien lea lo que está pensando, cuando descubran la aterradora idea de su interior, pensarán que es sólo una historia. Pero ella sabe bien que no es ficción.
Pssss. Pssss. La idea la llama. Toca la puerta de entrada a su cerebro insistentemente, el lado derecho de su cabeza vuelve le vuelve a doler. Decide dejarla pasar, quiere hacerle unas preguntas y llegar al final del asunto que la inquieta. La ve de nuevo, agazapada en el mismo rincón, sacándole una lengua burlona. Una lengua bífida.
- ¿Quién eres? ¿Qué quieres? – su corazón late rápido. Siente que le va a dar un ataque de pánico de un momento a otro y que le cuesta respirar.
La idea sólo ríe.
- Por favor… no lo soporto más. Ven, acércate, charlemos un rato.
No ocurre nada.
- Haré lo que tú quieras, pero, por favor, acércate. Ven. Quiero sentirte. Quiero saber cómo es tu tacto. Qué tipo de idea eres.
La idea, por fin, parece haber comprendido. Sale poco a poco de la penumbra. Sólo con verle la cabeza, sabe de qué se trata. Es una serpiente. La idea se arrastra tranquilamente hasta que alcanza su pie. Ella la deja subir por su cuerpo, y la idea, o la serpiente, ya no sabe cómo denominarla, llega a su regazo. No es una serpiente normal, tiene la cabeza exageradamente grande y el cuerpo pequeño y rechoncho. No ha estudiado nunca zoología ni nada parecido, así que no sabe que en realidad se trata de una víbora.
- Dime, humana.
Traga saliva. ¿Y ahora qué le dice?
- ¿Có… cómo te llamas?
- Vosotros me soléis llamar Bitis gabonica – ríe la idea -, pero en realidad esta es sólo la forma que he adoptado. Mi nombre real es demasiado horroroso como para poder pronunciarlo.
- Y , dime, ¿qué eres? ¿Qué quieres?. Sin rodeos, por favor, quiero acabar de escribir esta historia.
- Sin rodeos- repite la idea-. Soy el fracaso. El sentimiento de culpa. Soy la depresión. Soy la única idea que va a ser sincera contigo. Te diré lo que no quieres saber. Por fin has conseguido una vida que debería gustarte, un buen trabajo, un novio simpático y muy guapo, unos amigos como no podrás encontrar en ningún otro sitio. Y sigues sin ser feliz. Piensas que ya lo tienes todo, todo lo que necesitas para encontrar la felicidad y, sin embargo, no eres feliz. Sólo te salvaría salir de este mundo.
Ella asiente levemente con la cabeza. Esa es la idea que tanto ha temido mirar directamente a la cara. Sabe que no le miente. Mientras ella va asumiendo, derrotada, todo lo que acaba de descubrir, la idea va abriendo poco a poco sus mandíbulas. Cuando parece que va a desencajársele la boca, en lugar de parar sigue abriéndola más y más hasta que se le puede ver el interior del estómago. Unos fluidos verdosos borbotean dentro. Sabe que es lo que va a ocurrir ahora porque ella misma es la que decide el final de la historia. Se acerca un poco el portátil y escribe desesperadamente:
La boca de la idea se ha convertido ahora en un agujero negro que succiona todo lo que hay en su habitación. Tiene que aguantar el portátil con fuera para poder terminar de escribir en él. La idea suelta un gruñido estridente y, de un solo bocado, la devora, impidiendo que consiga terminar el escrito. Ella quería un final feliz.





4 respuestas hasta el momento ↓
eigual // Junio 25, 2009 a 7:09 pm |
Qué bien escribes.
Me quito el sombrero, y lo que haga falta.
Un saludo.
Iræ // Julio 1, 2009 a 1:39 pm |
Muchas gracias, de verdad. Me alegro de que le haya gustado a alguien.
Leithient // Junio 30, 2009 a 11:42 pm |
Ha vuelto tu musa, eh.
Iræ // Julio 1, 2009 a 1:39 pm |
Gracias :$
La verdad es que la musa siempre está ahí, otra cosa es que le haga caso =P