Un anciano vestido con un elegante traje color gris entra por la puerta principal y rebusca en la basura. Encuentra un trozo de pan, lo resquebraja para quitarle, supongo, la parte que ha empezado a enmohecer y se guarda el resto en el bolsillo de la chaqueta. Da unos pasos, mira hacia los lados y, al comprobar que nadie le está mirando (se equivoca, hay una chica sentada en un banco de metal que observa todos sus movimientos mientras escribe en una libreta), saca el pedazo de pan del bolsillo y lo va desmigajando mientras se lo echa a la boca. Da media vuelta y sale por donde ha venido.
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Un hombre de color de unos veintitantos años se encuentra frente a la puerta principal de la estación, como todos los días. Y, como siempre, está andando de arriba abajo dando pequeños saltos, moviendo brazos y hombros al tiempo que balbucea palabras ininteligibles. La gente se aparta a su paso. Yo me aparto también. Un señor con camiseta playera y bermudas entra por la puerta y se cruza con el hombre de color. Después de dudar y dar varías vueltas se dirige hacia él, le pone una mano en el hombro y con la otra le da una cantidad de dinero que no logro determinar a esta distancia. El Señor Carbón se detiene en seco y se rasca la cabeza haciendo de su gesto una perfecta caricatura de la sorpresa. Mira al hombre que se aleja quieto, como nunca antes lo había visto.
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10 de la noche. Otro hombre de color, llamémosle Pi porque ya no encuentro eufemismos políticamente correctos para “negro”, está de pie, delante de la puerta del pequeño cajero de la CAM de la estación. Parece que Pi está esperando para que la persona que hay dentro termine sus transacciones pero cuando el hombre sale, Pi se cuela dentro y bloquea la puerta para que no se cierre. Sale rápidamente y lo veo volver con un par de cartones bajo el brazo. Se hace una cama con mucho esmero y se echa a dormir. Mañana será otro día para Pi.
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Un hombre con largas barbas y vestido con una camiseta rosa habla consigo mismo y ríe a carcajadas cuando cuente a la gente que pasa lo que para él son chistes graciosísimos pero para el resto sólo son locuras. Un policía se acerca y le invita amablemente a marcharse. El hombre sigue hablando mientras se aleja.
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Varias personas, todos hombres, se me acercan durante diferentes días para pedirme dinero. Sé que algunos lo necesitan de verdad y otros son simples gorrillas que se aprovechan de la generosidad de la gente. Pero, ¿cómo distinguirlos? Algunos reciben dinero de mi parte, otros no; aunque me avergüenzo de ello siempre tengo en cuenta el discriminatorio método del físico. Sé que a veces he acertado pero muchas otras se han burlado en mi cara, por no hablar de las personas a las que he negado mi ayuda cuando realmente necesitaban el dinero. Decido no dejarme engañar más después de darle 20 céntimos a un hombre joven, casi un chaval, al que veo salir por la puerta principal y subir a un coche cuando unos segundos antes necesitaba “urgentemente 20 céntimos que me faltan para el autobús”.
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Todas estas situaciones, reales y vividas en primera persona, se repiten a diario en la estación de autobuses de Alicante. Ahora cada vez que subo a uno de los apestosos e incómodos vehículos de allí pienso en lo afortunada que soy.




