Todo comenzó con un inocente “¿nos cambiáis el sitio, si no os importa?”. Los dos ingenuos estudiantes, los cuales deben de ser las dos únicas personas en el mundo a los que les queda fatal una bata de científico, dato completamente innecesario por otra parte, aceptaron cándidamente sin saber lo que se les vendría encima. Si esto fuera una película de terror tendríamos ahora el primer susto, justo antes de los créditos, el que siempre resulta ser una broma o un sueño.
El asunto siguió con el derrame (¿accidental?) por parte del profesor de una leche que, por cierto, se podía masticar de lo asquerosa que estaba y, en consecuencia, de tener que repetir la práctica e ir retrasados respecto a su grupo. Allí comenzó la masacre. Unos jovenzuelos de los cuales no sé los nombres acapararon la bancada entera. “Todo lo que me den”, como decía Homer Simpson. El aparato para filtrar al vacío, las pipetas, los reactivos, el mechero Bunsen, la estufa… siempre que los corderitos desaliñados intentaban coger algo se daban cuenta que estaba siendo descaradamente acaparado por los demás.
Los marginados decidieron vengarse: esto ya no son unas prácticas, esto es una competición. Se miraron con decisión y sin decir una palabra supieron qué debían hacer. Pusieron la frente y los ojos lo más arrugados posible para mirar a sus compañeros y empezó la cuenta atrás. Tres, dos, uno… A ver quién roba más cosas al otro, quién sabotea más la práctica ajena, quién consigue esconder mejor los reactivos después de usarlos para que los compañeros, con los que no querrían compartir el pan precisamente, tardaran más en encontrarlos. “Profesor, ya hemos acabado”, “no, venga aquí, que llevamos esperando más rato”, “profesor, ¿nos podemos ir? Hemos terminado los primeros”. El ambiente se caldea. Y es sólo el segundo día de unas prácticas que durarán ocho, 32 horas en total de sabotaje absoluto y odio visceral por parte de 4 bandos diferentes. Alguien acabará con una lanceta en el ojo antes de que termine la primera semana.



