No tiene nada que ver con el texto, pero me encantan las ilustraciones de H.R Giger
Escuchando las noticias y leyendo el periódico, o simplemente observando a las personas durante el día a día, te das cuenta de que hay algo que nos identifica a todos los seres humanos. “La inteligencia”, pensareis muchos. No dudo que esa sea una cualidad humana, pero yo me estoy refiriendo a algo que identifica a TODOS los humanos, y claramente la inteligencia no lo es. No señor, yo me estaba refiriendo al victimismo.
El victimismo, la tendencia a considerarse víctima o hacerse pasar por tal según la RAE, siempre existirá, no importa lo que cedas, que los que se sienten atacados conseguirán otra excusa para ofenderse. A todos los grupos sociales, ideologías o religiones, sin excepción, les gusta, y además es algo que nos ocurre desde pequeños. ¿Quién no ha dicho nunca en el cole o en el instituto (y algunos todavía en la universidad) eso de “es que el profesor me tiene manía“?
No comprendo qué es lo que nos mueve a estos comportamientos pero lo cierto es que parece que nos gusta ser las víctimas, es como una manera de hacernos creer que somos lo suficientemente importantes como para ser atacados por otros grupos y ser el centro de sus pensamientos. Formar parte de un grupo “perseguido”, “oprimido” o minusvalorado es lo peor que nos puede ocurrir, sí, pero al mismo tiempo sentimos una morbosa felicidad al poder decir que somos atacados por otros, al sentirnos las víctimas. Como decía antes, esto ocurre en todos los ámbitos de la vida, desde el pequeño círculo familiar (“a mi hermano le queréis más que a mí, le compráis más cosas y le castigáis menos“), hasta las grandes religiones como la cristiana (“los cristianos estamos en la actualidad siendo atacados por nuestra ideología, blah, blah y blah“), pasando por cualquier grupo social o colectivo (góticos, frikis, homosexuales, pijos, adolescentes, inmigrantes, heavys, chonis, vegetarianos o seguidores de la iglesia de Agapito Tontolabez). Tanta ideología distinta para acabar todos pensando lo mismo: que ellos son las víctimas. Y, ojo, que diciendo esto yo me incluyo dentro del saco, ya que encajo perfectamente en alguno de los grupos que he mencionado.
Los ateos son víctimas de la incomprensión de los religiosos, los religiosos víctimas de los ateos, los cristianos de los homosexuales, los homosexuales de los cristianos, los de izquierdas de derechas, los de derechas de los de izquierdas, los nacionalistas de independentistas, los independentistas de los nacionalistas, los del Barça de los del Madrid… o eso es lo que queremos creer. Eso sí, si preguntas a cualquiera de estos grupos, todos pensarán que ellos son las víctimas y que los otros sólo pretenden atacarles. Yo cuando lo pienso en frío me siento tonta: ¿de verdad hay gente a la que le gusta meterse conmigo sólo por mis gustos? ¿En serio todo el mundo se pasa el día dándole al coco para buscar una manera de chincharme (dicho fisnamente)? La respuesta es no. Por mucho que lo crea, no soy tan importante.
Con esto no estoy diciendo que no existan víctimas “reales”, sí que las hay, pero la diferencia es que éstas no se exhiben ni montan un circo para demostrar cuanto les hacen sufrir. Las verdaderas víctimas son casi siempre las voces que menos se escuchan, todo lo demás es paripé digan lo que digan.
Y a pesar de todo, a muy pocas personas se les ha ocurrido intentar ponerse en la piel del otro para ver las cosas desde un punto de vista diferente, los razonamientos pueden tener sentido al otro lado de la orilla e intentar comprender al otro es esencial para una buena convivencia en una determinada sociedad. Pero es mucho más fácil pensar que todo el mundo circula en sentido contrario a creer que quizás eres tú el que vas al revés.
La conclusión que saco es que todo el mundo debería respetar las diferentes opiniones, por muy contrarias que sean a la tuya y siempre que éstas no afecten a terceras personas. Así nadie sería la víctima, nadie saldría perjudicado, pero no es tan fácil: la teoría muchos la sabemos, ahora lo que tenemos que hacer es llevarlo a la práctica. Además, perderíamos esa sensación maravillosa de ser las víctimas, de echar la culpa de nuestros problemas a terceras personas y tendríamos que reconocer que la mayoría de las veces hemos estado luchando contra molinos de viento y no contra gigantes.